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DESDE LA TIERRA ARRASADA HASTA LA GUERRA DE LA INFORMACION

Thomas P. Rona

 

   Desde la prehistoria hasta los tiempos modernos, el arte y la ciencia de la estrategia ha estado destinada a evitar que el adversario organice en forma eficaz sus fuerzas para utilizarlas en verdaderos actividades militares. Algunos de los elementos de la estrategia involucran aspectos perceptivos, ideológicos o políticos debilitando la "voluntad de pelear" del enemigo, pero en este caso el centro de atención está en la vinculación entre los aspectos militares y económicos de la estrategia.

   La matanza de los bárbaros en las civilizaciones establecida de Europa y el Lejano Oriente fue posible debido a la notable evolución de la antigua "plataforma de armas" - el caballo de guerra. En lagar de los pesados carruajes, pequeños caballos capaces de cubrir largas distancias con el mínimo apoyo logístico llevaban guerreros con armas livianas que prácticamente no tenían oposición para la victoria contra las sociedades agrícolas y las ciudades deficientemente protegidas. Las civilizaciones medievales reaccionaron construyendo masivas fortificaciones, y protegían el territorio y las poblaciones mediante una nueva clase de caballeros con armadura. La pólvora y la artillería requirieron progresivamente murallas fortificadas más gruesas, pero para el caso, los arcos largos, los mosqueteros, y la artillería de campo también aumentó rápidamente el peso de la armadura de protección que llevaban los caballeros y los caballos de guerra. Estos poderosos caballos de guerra, capaces de servir como elementos esenciales de movilidad e impulso ofensivo, dependían virtualmente del pasto o forraje, que casi nunca estaba disponible en condiciones naturales en todas las estaciones para apoyar las extensas operaciones militares en gran escala.

   La estrategia de la "tierra arrasada" consistía en devastar la campina, de manera que el enemigo no pudiera encontrar alimento para sus hombres o caballos. No se necesitaban adelantos tecnológicos, ni capacitación especializada, ni una gran base industrial; solamente la firme determinación de vencer al enemigo a toda costa, incluyendo el hecho de causar un cruel sufrimiento a las poblaciones locales. Se convirtió en la elección preferida de los estrategas militares que de lo contrario no estaban equipados para resistir el impulso de la pesada caballería armada.

   Esta estrategia fue ampliamente utilizada durante muchos siglos: por los musulmanes que se oponían a los Cruzados (desde 1096 hasta 1204), por ambas partes en la Guerra de los Cien Años (1342-1450), por Pedro el Grande de Rusia antes de su decisiva victoria sobre Carlos XII de Suecia en Poltava (1709), por las guerrillas españolas contra los poderosos ejércitos de los generales de Napoleón (1803-1808), y por los rusos que forzaron al Gran Ejército de Napoleón a la desastrosa e ignominiosa retirada de Moscú (1812).

   En todos estos casos, el apoyo logístico que necesitaban tanto por los caballos como los hombres se convirtió en el factor limitante de las operaciones militares. Cualquiera que se las ingeniara para interrumpir o destruir este apoyo podía ganar una importante y a veces decisiva ventaja estratégica.

   Un famoso ejemplo lo brinda el audaz desembarco de Sir Francis Drake en la costa de España en 1587. Habiendo entrado al puerto de Cádiz, destruyó no sólo barcos de gran tonelaje, sino también todo el stock de duelas de roble estacionado para ser utilizado para los barriles de agua de la Armada Española. Los barriles realizados con duelas de reemplazo no estacionadas tenían filtraciones hasta tal punto que la misión de la Armada se vio seriamente perjudicada (y se convirtió en un fracaso).

   Debido al rápido crecimiento de la violencia y al progreso en la tecnología del transporte, los ferrocarriles se convirtieron en nuevos objetivos para la acción ofensiva estratégica. En la Guerra Civil de Estados Unidos y en la Guerra Franco-Prusiana la destrucción de los ferrocarriles y de los equipos rodantes fue un objetivos estratégico primario, mientras los caballos seguían siendo vitales para la movilidad técnica y las líneas de provisión.

   En este siglo, los camiones reemplazaron progresivamente a los caballos, pero los ferrocarriles, puentes y túneles siguieron siendo importantes objetivos estratégicos. Con el advenimiento de la industrialización, los planificadores de misiones estratégicas comenzaron a prestar atención tanto a las fábricas de producción de material de guerra como a las necesidades militares de transporte masivo. Sólo la falta de medios para la entrega de armas en gran escala impidió los ataques estratégicos contra las instalaciones industriales durante la Primera Guerra Mundial.

   Con el desarrollo en gran escala de bombarderos y misiles, la destrucción del transporte y de las fábricas militares dentro del territorio enemigo se convirtió en un objetivo estratégico esencial durante la Segunda Guerra Mundial. Dentro de estas misiones estratégicas podemos mencionar como ejemplo los "blitz" alemanes contra Inglaterra, el ataque aéreo aliado contra Alemania, los ataques de aviones alemanes sin piloto y con proyectiles contra Inglaterra, y el bombardeo estadounidense a Japón.

   El punto culminante de esta tendencia se alcanzó en el período de la Guerra Fría con los misiles balísticos de alcance intercontinental, que transportaban ojivas nucleares, amenazando con causar un "daño inaceptable" a las fuerzas militares como así también a los objetivos urbanos/industriales. El legendario Comando Aéreo Estratégico de Estados Unidos con sus bombarderos e ICBMs (misiles balísticos intercontinentales), juntamente con los SLBMs (misiles balísticos lanzados desde submarinos) de la Armada, durante casi cinco décadas han asumido la responsabilidad de esta misión. La amenaza colateral a la población civil fue reconocida como inseparable de la disuasión o represalia, y aceptada como parte de la necesidad militar, mientras era pública y piadosamente deplorada como inevitable.

   En muchas ocasiones durante los últimos siglos el concepto de ataque estratégico contra las fuentes de aprovisionamiento, la logística y, más recientemente, contra las instalaciones para la producción de material militar ha sido aceptado y respaldado por los exponentes de la ciencia militar, como así también por los planificadores de las misiones militares. El principio de "tierra arrasada" ha soportado la prueba del tiempo, los avances de la tecnología, y el increíble crecimiento en la escala de los conflictos militares.

   Dentro de la fantasía de una posible guerra nuclear general, aparentemente una importante evolución, tal vez vital, ha escapado a la atención del público. La cohesión nacional y el potencial de producción de las sociedades modernas depende de las características culturales y físicas de su base industrial, pero también cada vez en mayor medida de la infraestructura de información que las respalda. Este término se utiliza para designar el hardware y el software de todos los vínculos de comunicación, terminales y redes, nodos de decisión, almacenamiento y recuperación de datos, y operadores humanos que participan, tanto en el campo civil como en el militar. La versión moderna del principio de tierra arrasada se convierte lógicamente en la destrucción, inhabilitación y corrupción de la infraestructura de información del enemigo. Este aspecto de la "guerra de la información" tiene para el atacante el beneficio adicional de crear confusión, pánico, e irracionalidad entre la población civil, además de contribuir al debilitamiento de su "voluntad política de luchar". Puede aplicarse subrepticiamente, sin la destrucción masiva de ciudades u otros activos económicos.

   La guerra de información orientada hacia la infraestructura de la información civil puede ser la siguiente innovación importante dentro del campo de la guerra estratégica. Los conceptos y técnicas para atacar la infraestructura de la información son bien conocidos por la comunidad técnica, están disponibles para los grupos potencialmente hostiles que varían desde los individuos particulares (saboteadores o terroristas) abarcando las pequeñas naciones hasta las potencias regionales que no desean guiarse por los principios de cooperación pacífica con sus vecinos, o que albergan una implacable hostilidad hacia las naciones ricas como Estados Unidos y sus Aliados. Precisamente debido a su sofisticación técnica y a la confianza en su poder militar y actividad civil con respecto a la infraestructura de la información, las naciones occidentales son bastante vulnerables a la guerra de la información, en comparación con los adversarios más primitivos.

   Por todo lo que sabemos, la aplicación estratégica de la guerra de información puede ya ser parte del pensamiento de algunos de nuestros potenciales adversarios. Aquellos responsables de planificar nuestra futura seguridad nacional deben tener en cuenta esta posibilidad.


 

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