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LA ACELERACION DE LA GUERRA DE INFORMACION PONE EN RIESGO LA SEGURIDAD NACIONAL

Alan D. Campen

   
   
   Conversión de la tecnología de la información pone en riesgos las capacidades militares cediendo una ventaja estratégica a los adversarios de tecnología inferior.

    La guerra de información, una nueva estrategia revolucionaria, puede fortalecer el aparato de seguridad nacional aumentando la eficacia de las fuerzas y armas existentes. Sin embargo, un intento apresurado por abrazar una estrategia relativamente nueva, escasamente entendida y controvertida es riesgoso. La guerra de información se basa precariamente en la presunción de que, si fallara, convertiría una revolución saludable de los asuntos militares en un juego riesgoso con respecto a la seguridad militar.

    Las fuerzas armadas de Estados Unidos, que pulieron su aparato bélico para defender a Europa Central de las fuerzas destructivas soviéticas, están intentando mantener su rol clave tradicional en los asuntos relacionados con la seguridad nacional manejando la tecnología de la información. El objetivo es eliminar la brecha entre los presupuestos de defensa y las incesantes demandas para asumir nuevas misiones en lugares extraños, contra adversarios desconocidos e impredecibles.

    Las recientes expediciones militares, incluyendo las de Somalía, Bosnia y Haití, incluyeron operaciones diferentes a las de guerra, conflictos de poca intensidad y aplacar la furia de guerras tribales, étnicas o religiosas. Estos conflictos han enfatizado que las fuerzas armadas estadounidenses no sólo deben mantener la paz y manejar las crisis del mundo, sino que, si no fuera posible, deben rápida y decisivamente ganar guerras incruentas contra competidores pares como así también agresores en posiciones convenientes.

    El predominio del conocimiento como una estrategia para ganar guerras tiene una profunda atracción. Es una forma económica, decisiva y relativamente incruenta de impedir o minimizar los conflictos armados o de darles fin rápidamente. La creación de una asimetría favorable en el proceso militar de adopción de decisiones en el campo de batalla podría otorgar una supremacía instantánea a una fuerza militar que, de lo contrario, sería inadecuada para la tarea.

    Esta búsqueda de una nueva estrategia militar se dificulta por la falta de precedentes históricos, definiciones comunes, doctrinas combinadas y principios rectores. Missing es una política de nivel nacional que integra y sincroniza la iniciativas militares con acciones complementarias de actividades que no son de defensa y que también desempeñarían roles clave en la guerra de información.

    Muchas autoridades consideran que la guerra de información es riesgosa debido que depende alarmantemente del acceso libre al espacio exterior, del predominio asegurado del espectro electromagnético y de la absoluta infalibilidad de nuestra planificación militar intensiva por software y los asistentes de decisiones. Otras tienen sus dudas con respecto a que la guerra de información sea relevante en los conflictos dominados por disturbios regionales, étnicos o religiosos -confrontaciones en las cuales la tecnología sofisticada puede ser desfavorable para el combatiente estadounidense.

    La industria ha tenido que sufrir un achicamiento para captar los aparentes beneficios de la automatización, pero no resulta claro si las fuerzas armadas harán los mismos sacrificios con respecto a su doctrina, organización y procedimientos para garantizar el flujo rápido de información desde los sensores a los disparadores. Esta búsqueda urgente de relevancia en la guerra contemporánea parece fijarse en la noción de que las fuerzas de Estados Unidos pueden librar una guerra de comando y control (C2W) para ganar en lugar de abrumar a los opositores con fuerzas y recursos masivamente superiores, como Estados Unidos lo ha hecho tan frecuentemente en el pasado.

    Los Jefes de Estado Mayor Conjunto definen a la C2W como una estrategia que implementa la guerra de información en el campo de batalla integrando la inteligencia de respaldo con las operaciones de seguridad, las operaciones psicológicas, la guerra electrónica y la destrucción física. El objetivo es decapitar la estructura de comando del enemigo desde su cuerpo de fuerzas de combate protegiendo, al mismo tiempo, las capacidades de comando y control de los aliados contra dichos ataques.

    La guerra de información es una estrategia bilateral; una parte de la misma quedó demostrada en forma convincente durante la Guerra del Golfo; la otra parte -el sistema de protección- afortunadamente nunca entró en juego en dicho escenario ideosincrático. Los expertos están preocupados por las incertidumbres en cuanto a la comprensión de la parte defensiva de la guerra de información. Estos expertos igualan las vulnerabilidades de los sistemas electrónicos de información con el potencial para un "Pearl Harbor electrónico".

    La estrategia de seguridad nacional para 1994 informa que "La remarcable influencia obtenible a partir del reconocimiento moderno, la recopilación y análisis de inteligencia y el procesamiento y transmisión de datos de alta velocidad garantiza una fuerza especial... Si se desarrolla y emplea en forma adecuada, puede proporcionar un medio para dominar la guerra."

    Una estrategia fundada en información superior supone que Estados Unidos puede dominar absolutamente tanto el espacio exterior como el espectro electromagnético -el espacio cibernético de todo el campo de batalla de tercera onda de Alvin Toffler- creando de esta manera un diferencial en materia de conocimiento, y protegiendo sus mecanismos de control de una devastación similar. Sin embargo, como los panelistas de la Conferencia de 1995 sobre la Guerra de Información aclararon, las vulnerabilidades de los sistemas de comunicaciones y computación ampliamente desprotegidos de la nación son muchas, y se está haciendo muy poco hincapié en la parte defensiva de la batalla en el espacio cibernético. Un alto funcionario advirtió sobre la imprudencia de suponer que cualquiera de las partes podría dominar por siempre todos los aspectos del espacio cibernético. Manifestó la necesidad de poner más énfasis en "reducir nuestras propias vulnerabilidades."

    Ninguna nación es más vulnerable que Estados Unidos a los ataques electrónicos ni, aparentemente, más reticente a enfrentar esta debilidad potencialmente incapacitante. Un equipo de expertos sancionado ingresó en forma exitosa en más de 8.000 sistemas de información no clasificada de DOD. Estos ataques fueron detectados por menos del 5 por ciento de los administradores del sistema, y menos del 4 por ciento de los mismos incluso reportaron la intrusión.

    Las mismas técnicas utilizadas para estos ingresos furtivos son conocidas por (incluso tomadas de) anarquistas y agentes de espionaje. Las prácticas, procedimientos y tecnologías que materialmente ayudarían a defendernos de dichos ataques son conocidas pero generalmente ignoradas por apatía, temor, ignorancia y arrogancia. Esto no es bueno para una estrategia de guerra que depende en forma tan absoluta de la integridad de los sistemas de información.

    Un resumen reciente de una conferencia del Instituto de Estudios Estratégicos Nacionales expresa que Estados Unidos ya no tiene el monopolio de la tecnología y las habilidades necesarias para "transformar la tecnología de la información en una ventaja militar". Los instrumentos de la guerra de información son actualmente económicos, relativamente simples de entender y emplear, y fácilmente accesibles para todos.

    En 1994, El Presidente de la Cámara de Diputados, Newt Gingerich, advirtió en la conferencia de AFCEA sobre la guerra de información que: "El espacio cibernético es una zona libre a la cual todas las personas tienen acceso, si tienen un mínimo nivel de capital...y es mejor que estemos preparados para ver zonas de creatividad en nuestros opositores que nunca soñamos." Martin van Creveld expresó la misma advertencia en 1991 cuando escribió "Las herramientas de la guerra de información son conocidas, económicas, y es poco probable que sean monopolizadas por alguna de las partes."

    En su informe anual al Presidente y el Congreso en marzo de 1996, el ministro de defensa William J. Perry escribió, "La guerra de información se basa en la necesidad de, y el uso de, información en todas las fases de la actividad nacional -desde las operaciones en tiempos de paz hasta los conflictos... La enorme subordinación de Estados Unidos a la información y su infraestructura de respaldo simultáneamente posibilita el empleo eficaz de la primera fuerza militar del mundo, y crea significativas vulnerabilidades de la IW para Estados Unidos, que las iniciativas de la IW de DoD están abordando... Las vulnerabilidades inherentes a los sistemas y procesos de información de DoD..." El ministro también informó que "DoD está estudiando el impacto de la IW del sector comercial en las fuerzas armadas y viceversa, y está definiendo estrategias para mejorar la relación."

    La comercialización y el creciente mercado internacional de los sistemas de telecomunicaciones, computadoras y encriptado ha eliminado irrevocablemente la soberanía que Estados Unidos alguna vez pudo haber tenido sobre las preciadas herramientas de la guerra de información. De hecho, la comparación de los 18 meses de la tecnología de la información con nuestro proceso de adquisiciones de defensa de 15 años implica la horrible posibilidad de que nuestras fuerzas puedan ser superadas tecnológicamente con facilidad y -nuevamente- vencidas en la primera batalla.

    "La guerra basada en la información requiere una comprensión de los procesos de pensamiento y decisiones del enemigo," expresa un experto. Pero, ¿quiénes son los "enemigos" a los que nuestros guerreros probablemente se enfrenten en la próxima década? La estrategia de la guerra de información implícitamente supone la efectividad contra los terroristas, grupos étnicos y fanáticos religiosos. Pero, esa nueva casta temible de adversarios de la post-Guerra Fría no está cortada con el molde Occidental; posee poco "centros de gravedad" que son blancos importantes para nuestros sensores sinópticos y excelentes armas; y no depende tanto como Estados Unidos de los vulnerables mecanismos de control electrónico.

    Van Creveld expresa la impotencia de las sociedades occidentales para abordar las amenazas emergentes de guerreros que no aparecen como soldados ni reaccionan como ellos: "Estamos ingresando en una era...de guerra entre grupos étnicos y religiosos...la incapacidad de los países desarrollados de proteger sus intereses e incluso las vidas de sus ciudadanos frente a las amenazas de menor grado queda continuamente demostrada."

    El cambio hacia una estrategia basada en el conocimiento significa abandonar la estrategia probada -si bien costosa y sangrienta- de la guerra basada en los recursos. Esta nueva fuerza militar propuesta ya no obtendrá sus capacidades superiores de la ola de una base industrial que fue alguna vez incomparable. Por el contrario, su eficacia dependerá únicamente de la agilidad y la potencia de fuego decisiva de una fuerza más pequeña que ha sido facultada, dotada de poder y eficazmente extendida a través de un conocimiento superior. O, como un experto advirtió, "de un pequeño grupo de soldados que depende absolutamente de la información." "¿Dónde," expresó un militar retirado, "se encuentra el sistema de back-up cuando esto falle -como sucederá en algún lugar y momento inoportuno?"

    La agilidad es uno de los principios rectores de la guerra de información. Pero, la agilidad ahora significará mucho más que simplemente la habilidad de desplegar fuerzas rápidamente por el campo de batalla. Ahora exige una comprobada habilidad de pensar, planificar, comunicarse con más rapidez que el adversario -de operar dentro del ciclo de decisiones del enemigo. Cada nueva generación de electrónica digital implica importantes reducciones en el tiempo necesario para recopilar, procesar, y diseminar información. Sin embargo, las computadores veloces como la luz y las comunicaciones globales satelitales instantáneas no resolverán el problema sensor-tirador si los datos deben continuar filtrándose a través del laberinto de los diferentes niveles de las organizaciones militares. Detectar, apuntar y atacar blancos móviles -la necesidad insatisfecha más apremiante de los militares- continuará en la lista de deseos hasta que puedan implementarse funciones para trabajar en forma tan rápida como las computadoras o las comunicaciones. Esto significa que las organizaciones deben cambiar esos elementos que simplemente filtran y transmiten la información. Unas fuerzas armadas concientes del proceso deben realizar cambios estructurales significativos en su doctrina, organización y procedimientos y eliminar los escalafones que no aportan ningún valor agregado al flujo de información.

    Una estrategia de disponibilidad instantánea; de un rápido despliegue global; y de victorias rápidas y decisivas, presupone que esta nación ahora está dispuesta y es capaz de hacer lo que rara vez hizo antes. Es decir, articular una política de seguridad nacional coherente; predecir con precisión la forma que las fuerzas armadas deben ser abastecidas para asegurar dicha política; y equipar y entrenar a sus guerreros -antes de que el primer proyectil haya sido disparado.

    La estrategia de la guerra basada en los recursos que será suplantada tuvo exigencias mínimas con respecto al intelecto y la previsión nacional. Fue indulgente con respecto a un público apático, líderes políticos que obraban con dilación, a la preparación deficiente de sus fuerzas armadas y a la frecuente ineptitud en el campo de batalla. La nueva estrategia basada en la información exige implícitamente que nuestros guerreros lleguen a los futuros campos de conflicto preparados para pelear y ganar la primera batalla -algo que rara vez fueron capaces de hacer en el pasado.

    Como los autores de "Las Primeras Batallas de Estados Unidos, 1776-1965" expresaron "El registro de la capacidad de los estadounidenses de predecir la naturaleza de la próxima guerra (sin mencionar sus causas, ubicación, momento, adversario o adversarios, y aliados) ha sido uniformemente deficiente." El profesor e historiador militar Roger Beaumont advierte, "el momento, la ubicación y las condiciones de una guerra son siempre una sorpresa, y estas sorpresas serán cada vez más frecuentes en un mundo de crecientes complejidades fomentadas por el aumento de población y la intensificación del nacionalismo."

    La nación que espere competir y ganar en la guerra de información debe lograr el equilibrio justo entre sus capacidades ofensivas y defensivas. De no poder hacerlo, se arriesga a la paradoja de poner en el campo a una fuerza ofensiva espléndidamente equipada que sea, a la vez, la más vulnerable a las herramientas y tácticas de la guerra de información.

Actualizado a partir de un artículo de la edición de julio de 1995 de SIGNAL.



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