Las naciones desarrolladas y un buen número de países que aspiran a serlo han
comprendido hace ya tiempo que la investigación científica y tecnológica es uno de los
motores principales del crecimiento. En consonancia con esa idea, corresponde considerar a
la sociedad, en esta etapa de la historia, como eminente productora de conocimientos. Sin
embargo, sucesivos gobiernos han ido negando, en nuestro país, esa realidad, a pesar de
los muchos antecedentes positivos que la Argentina había ido acreditando en materia
científica. Recordemos que ya en 1958 se había logrado institucionalizar un sistema de
investigación mediante la creación del Conicet, gracias al camino abierto por hombres de
ciencia como Bernardo Houssay. Recordemos también que el país tiene el legítimo orgullo
de haber formado tres premios Nobel y una pléyade de brillantes investigadores
universitarios, reconocidos en el país y en el extranjero. Lamentablemente, esa buena
tradición no tuvo la continuidad que merecía. Un marcado desinterés por apoyar
objetivos de desarrollo científico en el largo plazo, el empleo de la politización para
conducir actividades científicas y la reducción del necesario soporte financiero
produjeron un progresivo desgaste del sistema y su funcionamiento. Los críticos problemas
de esta hora contribuyeron, finalmente, a que la situación llegara a un punto extremo de
gravedad.
En ese cuadro de deterioro cabe anotar el éxodo de científicos, que emigraron por
razones políticas y económicas y el desaliento de muchos becarios del Conicet ante los
obstáculos que se fueron presentando. Las condiciones precarias en que los científicos
trabajan hoy en la Argentina ha llevado a The Washington Post a decir, en una reciente
nota, que hacer ciencia en nuestro país constituye un acto de patriotismo. No es una
afirmación infundada: la investigación es, en la Argentina, un esfuerzo que se entrega
con muy baja compensación salarial y, a menudo, con un completo desconocimiento social,
como lo mostraba una encuesta de Mora y Araujo & Asociados dada a conocer en 1998.
Todo esto ha repercutido negativamente en el destino de la ciencia argentina y se revela
en una reducción del interés de los nuevos profesionales por volcarse al campo de la
investigación. Como ha sido comentado recientemente, hace ya tres años se estimaba que
era necesario incrementar en un 71% el ingreso de jóvenes investigadores para colmar las
vacantes requeridas, de acuerdo con el potencial argentino.
Ahora bien, en medio de las actuales dificultades, es estimulante que haya todavía un
sector que no se deja amedrentar por la adversidad y que las universidades y el propio
Conicet sigan bregando por el mejor aprovechamiento posible de los recursos humanos y
materiales orientados a la investigación. Científicos, rectores universitarios de
prestigio y miembros de la Comisión para el Mejoramiento de la Educación Superior, entre
otros, trabajan incesantemente por desarrollar el sector. Casi 24.000 científicos
trabajan en las altas casas de estudio oficiales y unos 1200 en las privadas. Existen
aproximadamente 3500 grupos de investigación, que están llevando adelante 3600
proyectos. Se advierte hoy en los proyectos una mayor disposición de acercamiento a los
problemas comunitarios y a las demandas del sector privado. La propuesta que toma cuerpo
busca servirse de la capacidad instalada en las universidades, en los laboratorios, en las
bibliotecas y en los centros que poseen instrumental adecuado para continuar con sus
investigaciones con los pocos medios de que se dispone y sin depender demasiado de los
subsidios, cada vez más escasos y demorados. Llevar adelante estos propósitos abriría
el campo a la investigación y daría ocasión a las universidades para una búsqueda
activa de cooperación nacional o internacional, más allá de los avatares del
presupuesto. Para ello se requiere avanzar en una definición de políticas para el área
y en coordinación de medios y acciones. En todo esto se aprecia un afán constructivo,
que disimula la falta de medios con dedicación y esfuerzo y que rehace esperanzas y abre
perspectivas con sacrificio y vocación de entrega. Si con tan escasos recursos se logran
resultados meritorios, es fácil imaginar hasta qué niveles llegaría el potencial
científico de la República si hubiese en ejecución una política enérgica y continuada
de respaldo a ese sector.
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