SINOPSIS: La revolución de la información así como otras innovaciones organizativas
asociadas, están alterando la naturaleza de los conflictos y los tipos de estructuras,
doctrinas y estrategias militares necesarias. Este ensayo presenta dos conceptos para
pensar sobre estas cuestiones: "cyberguerra" (cyberwar) y
"guerra-en-red" (netwar).
Así como la industrialización llevó a guerras de desgaste, con el recurso a ejércitos
masivos (así la Primera Guerra Mundial), y la mecanización permitió el predominio de
una guerra de maniobras llevada a cabo por los tanques (así en la Segunda Guerra
Mundial), la revolución de la información implica el auge de la cyberguerra, en la cual
ni la masa de las tropas ni la movilidad servirá como factor decisivo; por el contrario,
el contrincante que sepa más, que alcance a ver entre la niebla de la guerra y pueda
mantener a su adversario cegado por ella, contará con ventajas decisivas. Las
comunicaciones y la inteligencia siempre han sido importantes. Como mínimo la cyberguerra
supone que cobrarán mayo importancia aun, hasta convertirse en equiparables e
inseparables de la estrategia militar conjunta. En este sentido se parece a las nociones
ya existentes de "guerra de información" que enfatizan el C3I (alusión en
ingles al conjunto de command, control, communications and intelligence: comando, control,
comunicaciones e inteligencia, en adelante C3I). Sin embargo la revolución de la
información implica efectos de largo alcance que obligan a sustanciales modificaciones en
la organización militar y las distribuciones de fuerzas.
La cyberguerra puede ser para el siglo XX lo que la blitzkrieg fue para el XX.
Proporcionará también una vía a EEUU de incrementar la capacidad de golpear
("punch") sin tener que inflacionar ("paunch") los efectivos.
Así como la cyberguerra se refiere a conflictos librados en el campo de la información a
un nivel militar, la "guerra-en-red" alude a luchas mayormente asociadas a
conflictos de baja intensidad sostenidos por actores no-estatales, tales como terroristas,
narcotraficantes, o distribuidores (proliferadores dice) en el mercado negro de armas de
destrucción masiva. Ambos conceptos implican que los conflictos futuros se libraran más
por "redes" que por "jerarquías", y que aquel que mejor domine la
forma "red" obtendrá mayores ventajas.
"El conocimiento debe transformarse en capacidad"-- Carl von Clausewitz, Sobre
la guerra
MODOS EMERGENTES DE CONFLICTO
Supongamos que la guerra funcionara así: Pequeñas cantidades de fuerzas ligeras y de
alta movilidad, derrotan y fuerzan a la rendición a grandes masas de fuerzas enemigas,
atrincheradas con armamento pesado, con pocas pérdidas humanas por ambas partes. Las
fuerzas móviles pueden hacer esto porque están bien preparadas, cuentan con espacio para
maniobrar, concentran su fuego rápidamente en lugares inesperados y tienen sistemas
superiores de mando, control e información, sistemas descentralizados que permiten
iniciativas tácticas y que no obstante permiten a los comandantes centrales contar con
una "inteligencia" y una visión de conjunto sin precedentes, a la hora de
plantear opciones estratégicas.
La guerra ya no consiste en ver quien invierte más capital, trabajo o tecnología sobre
el campo de batalla, sino en dilucidar quien cuenta con la mejor información sobre el
campo de batalla. Lo que distingue a los vencedores es su dominio de la información -no
sólo desde el punto de vista inmediato de poder localizar al enemigo, manteniéndose a
sí mismo oculto, sino también en términos doctrinales y organizativos.
La analogía es más bien la que se correspondería con un juego de ajedrez en el que uno
ve el tablero entero, mientras que el oponente sólo puede ver sus propias piezas; uno
puede ganar incluso si sucediera que el adversario empieza el juego con mayores fuerzas.
Puede parecer que estamos extrapolando la victoria de los EEUU en el Golfo Pérsico contra
Irak, pero nuestra concepción está mas inspirada por el ejemplo de los Mongoles del
siglo XIII. Sus "hordas" fueron casi siempre inferiores en número a sus
oponentes, sin embargo conquistaron y mantuvieron durante más de un siglo, el más grande
imperio continental jamas visto. La clave para el éxito de los mongoles fue su absoluto
dominio de la información sobre el campo de batalla. Atacaban donde y cuando ellos
consideraban oportuno, y sus "jinetes flecha" mantenían comunicados diariamente
a sus comandantes, a menudo separados cientos de kilómetros
Incluso el Gran Khan, a veces a miles de millas de distancia, estaba al corriente de lo
sucedido en el frente, en cuestión de pocos días.
Una vez diluida la amenaza galvanizante que suponía la Unión Soviética, hemos de contar
que EEUU habrá de hacer frente a presiones internas que le obligaran a reducir sus
efectivos militares. El tipo de guerra, de capacidad de combate que estamos esbozando,
inspirado en el ejemplo mongol, aunque derivado fundamentalmente de nuestro análisis de
la revolución de la información, podría permitir a América proteger sus intereses, e
incluso los de sus más alejados aliados, con independencia de la talla y la fuerza de
nuestros potenciales adversarios futuros.
El avance de la Tecnología y el Know-How
A lo largo de la historia, la doctrina, la organización y la estrategia militar, han
sufrido profundos cambios, debido en parte a los avances tecnológicos. La Falange griega,
la combinación de cañón y barco, las levas en masa, la "blitzkrieg", el mando
aéreo estratégico: la historia está llena de ejemplos en los cuales las nuevas
tecnologías aplicadas a armas, propulsión, comunicaciones y transporte proporcionaron la
base para cambios en organización, doctrina y estrategia que permitieron a los
innovadores evitar agotadoras batallas de desgaste y llegar en cambio a un orden de
combate "decisivo".
Hoy día una gran variedad de nuevas tecnologías están de nuevo sosteniendo y
prometiendo mayores innovaciones.
Las más interesantes apuntan hacia explosivos de alta carga no nucleares, municiones
guiadas con sistemas de precisión, diseños escamoteadores de aviones, tanques y barcos,
sistemas de combate radio-electrónicos, etc...
Además se están desarrollando sistemas de realidad virtual para simulación y
entrenamiento. Muchos de estos avances se pueden incluir en la noción habitual de
"revolución tecnológica militar" (RTM).
El futuro de la guerra - en concreto de la habilidad de EEUU para anticiparse y resolver
las situaciones de conflicto- será formado, en parte, por el modo en que estos avances
sean considerados y adoptados.
No obstante, como los historiadores de lo militar han advertido con frecuencia, la
tecnología permea la guerra per no la gobierna. No es la tecnología por si misma, sino
más bien la organización de la tecnología, definida ampliamente, la que realmente
importa.
Russel Weigley describe así la situación: "...la tecnología de la guerra no
consiste sólo en instrumentos pensados fundamentalmente para el desarrollo de los
combates. La habilidad de una sociedad para llevar a cabo una guerra depende de todas y
cada una de las facetas de su tecnología: sus carreteras, sus vehículos de transporte,
su agricultura, su industria, y sus métodos para organizar la tecnología. Tal y como
dice Van Creveld "detrás del hardware militar se encuentra el hardware general, y
detrás de éste se encuentra una tecnología, un cierto know-how, así como un modo de
entender el mundo y solventar los problemas que se nos plantean".
Desde nuestro punto de vista, el giro tecnológico que ajusta con esta amplia definición
es la revolución de la información. Dicha revolución es la que nos ha de traer los
mayores cambios en la comprensión de la naturaleza de los conflictos y la guerra.
Efectos de la revolución de la información
La revolución de la información refleja el avance de las tecnologías de comunicación y
proceso de información así como las innovaciones paralelas en teoría de la
organización y la dirección. Enormes cambios se están produciendo en los modos de
recoger, almacenar, procesar, comunicar y presentar la información; igualmente sucede en
los modos en que las organizaciones son diseñadas para optimizar las ventajas de estos
aumentos de información.
La información está convirtiéndose en un recurso estratégico que puede mostrar ser tan
valiosos e influyente en la era postindustrial como lo fueron en la era industrial el
capital y el trabajo.
Los sistemas de información y comunicación adecuadamente implementados, pueden mejorar
la eficiencia de muchos tipos de actividad. Pero esta eficiencia mejorada no es ni el
único, ni siquiera el mejor, de los resultados posibles. La nueva tecnología también
está teniendo un efecto transformador en la medida en que desmantela viejos modos de
pensar y funcionar, capacita para hacer las cosas de modos diferentes y sugiere cómo
algunas tareas podrían ser realizadas mejor si se hicieran de un modo diferente.
"Las consecuencias de las nuevas tecnologías pueden ser descritas y pensadas en un
"primer nivel" de eficiencia, o un "segundo nivel" de efectos en el
sistema social.
La historia de las tecnologías previas demuestra que en los primeros tiempos de cualquier
tecnología, se tiende a enfatizarlos efectos de eficiencia e infravalorar o desestimar
los potenciales efectos sobre el sistema social. Los avances en las tecnologías relativas
al "trabajo en red" permiten pensar en la gente, así como en las bases de datos
y los procesadores como recursos de una red de trabajo (network)
"Muchas organizaciones están hoy instalando redes electrónicas por razones de
"primer nivel", de eficiencia. Los ejecutivos que están empezando a desplegar
el correo electrónico y otras aplicaciones de trabajo en red pueden advertir los
beneficios en eficiencia y reducción de tiempos para determinadas transacciones.
Pero si vemos, más allá de la mera eficiencia, los cambios conductuales y organizativos,
veremos el verdadero alcance de los cambios de "segundo nivel".
Estas tecnologías pueden cambiar los modos en que la gente emplea su tiempo así como
aquello sobre lo que saben y se preocupan.
La medida del efecto en que estas tecnologías afectarán a los modos en los que la gente
piensa y trabaja conjuntamente -los efectos de "segundo nivel- (Sproull and Kiesler,
1991: 15- 16). La revolución de la información tanto en sus aspectos tecnológicos como
no tecnológicos pone en funcionamiento fuerzas que cuestionan el diseño de muchas
instituciones. Desbarata y erosiona las jerarquias alrededor de las cuales se estructuran
normalmente las instituciones. Difunde y redistribuye el poder, a menudo en beneficio de
aquellos que muchos considerarían los actores más pequeños o débiles .Cruza fronteras
y replantea los límites de oficios y responsabilidades. Expande los horizontes
espacio-temporales que los actores deben considerar. Así por lo general obliga a que
sistemas cerrados tengan que abrirse. No obstante aunque todos estos resultados pueden
complicar la vida a instituciones demasiado grandes y burocratizadas, de ahí no puede
deducirse que la forma institución per se haya devenido obsoleta.
Todo tipo de instituciones siguen siendo esenciales para la organización de la sociedad.
Las instituciones más sensibles y ágiles adaptarán sus estructuras y procesos a la era
de la información. Muchas evolucionarán desde las formas jerárquicas tradicionales
hacia nuevos modelos de organización más flexibles y con estructura de red.
El éxito dependerá de la capacidad para entrelazar principios de funcionamiento
jerárquicos con los propios del trabajo en red.
Mientras tanto los mismos cambios que cuestionan las instituciones, como el debilitamiento
de las jerarquías, favorecen el crecimientos de redes de trabajo multi-organizacionales.
De hecho, la revolución de la información esta fortaleciendo la importancia de todo tipo
de redes, como las redes sociales o las de trabajo. La forma de trabajo en red es bien
diferente de la forma "institucional".
Mientras que las instituciones (las más grandes, en particular) se construyen
tradicionalmente en torno a jerarquías y tratan de actuar por cuenta propia, las redes de
muchas organizaciones consisten en organizaciones, casi siempre pequeñas, o de partes de
instituciones que se han interconectado para actuar conjuntamente. La revolución de la
información favorece el crecimiento de tales redes al hacer posible que actores diversos
y dispersos se comuniquen, se consulten, se coordinen y trabajen juntos incluso en medio
de grandes distancias, y esto sobre la base de disponer de más y mejor información que
la que nunca se había conseguido reunir. Estas cuestiones afectan directamente sobre la
condición futura de lo militar, así como sobre la naturaleza de la guerra y el conflicto
más en general.
Tanto la Cyberguerra como la Guerra-en-red son verosimiles
La tesis de este ensayo es que la revolución de la información provocará cambios tanto
en los modos en los que las sociedades generan conflictos como en aquellos con los que las
fuerzas armadas desarrollan una guerra.
Proponemos una distinción entre lo que llamamos "guerra-en-red" -conflictos de
nivel social e ideológico (ideacional) sostenidos en parte mediante modos de
comunicación propios de internet- y la "cyberguerra" a nivel militar.
Admitimos la novedad de estos términos, quizá estén por llegar otros más
ajustados.Pero, por ahora, ayudan a iluminar una distinción útil e identifican la
amplitud de modos en los que la revolución de la información puede alterar la naturaleza
del conflicto, así como el contexto y la conducción de la guerra.
Mientras que tanto la cyberguerra como la "guerra-en-red" pueden plantearse en
torno a cuestiones de información y comunicaciones, en un nivel más profundo, ambas son
formas de guerra sobre el "conocimiento", sobre quien sabe qué, cuando, dónde
y porqué, formas de guerra sobre cuan segura es una sociedad o un dispositivo militar en
función de su conocimiento sobre sí misma y sus adversarios.
EXPLICAR LA GUERRA-EN-RED
La guerra-en-red consiste en un conflicto relacionado con la información a gran nivel,
entre naciones o sociedades.
Implica intentar dañar o modificar aquello que un grupo de población, tomado como
objetivo, sabe o cree saber sobre sí mismo y el mundo. Una guerra-en-red puede centrarse
sobre la opinión pública general o sobre la opinión de una elite, o sobre ambas. Puede
implicar medidas de diplomacia públicas, de propaganda o campañas psicológicas,
subversión política o cultural, sabotaje o interferencias sobre los media locales,
infiltración en bases de datos y redes informáticas, así como esfuerzos que alienten
movimientos disidentes o de oposición a través de dichas redes.
De modo que diseñar una estrategia para a guerra-en-red implica agrupar, desde una nueva
perspectiva, una serie de medidas a las que quizá se había recurrido previamente, pero a
las que no se había considerado en conjunto.
En otras palabras, la guerra-en-red representa un nuevo elemento en el espectro de
conflictos que miden lo económico, lo político y lo social también como formas
militares (militarizables) de "guerra".
En contraste con las guerras económicas que atacan la producción y distribución de
mercancías, o las guerras políticas que apuntan a las instituciones de gobierno y los
dirigentes, las guerras-en-red se distinguirían por tener como objetivo la información y
las comunicaciones.
Como otras formas de este espectro, las guerras-en-red serían principalmente
no-militares, pero acaso podrían tener dimensiones que las hicieran deslizarse en el
terreno de la guerra militar. Por ejemplo, una guerra económica puede implicar
restricciones al comercio, "dumping" de precios, penetraciones ilícitas y
subversiones de negocios y mercados en el país tomado como objetivo, el robo de
tecnología...y nada de ello tendría porqué suponer la intervención de las fuerzas
armadas. Sin embargo, una guerra económica también puede llegar a necesitar un bloqueo
armado, un bombardeo estratégico de objetivos económicos y por tanto deslizarse hacia
una guerra militar.
De igual manera, una guerra-en-red que pretende perjudicar las funciones de C3I del
enemigo, deviene, al menos en parte, lo que hemos llamado una cyberguerra.
Las guerras-en-red tomarán varias formas, en función de sus actores, Alguna puede darse
entre los gobiernos de naciones-estado rivales. De alguna forma los gobiernos de Cuba y
EEUU están ya metidos en una suerte de guerra-en-red, manifiesta en las actividades de
Radio y TV Marti, por parte de EEUU, y en las actividades de las redes y grupos de apoyo a
Cuba en todo el mundo.
Otros tipos de guerra-en-red pueden surgir entre gobiernos y actores no-estatales, por
ejemplo una guerra-en-red puede desatarse por los gobiernos contra grupos ilegales y
organizaciones implicadas en terrorismo, proliferación de armas de destrucción masiva o
trafico de drogas.
O por el contrario, la guerra-en-red puede ser librada contra las políticas de gobiernos
específicos por parte de grupos reivindicativos y movimientos sociales implicados en
cuestiones, por ejemplo, de medio ambiente, derechos humanos o cuestiones religiosas. Los
actores no-estatales pueden o no estar asociados con otras naciones, y en algún caso
pueden estar asociados vastas redes y coaliciones transnacionales.
Otro tipo de guerra-en-red puede darse entre actores no-estatales, rivales entre sí,
acaso con gobiernos maniobrando desde los márgenes del conflicto para evitar que los
daños colaterales afecten al interés nacional o quizá para apoyar a uno de los
contendientes. Esta es el tipo más improbable de guerra-en-red, pero los elementos para
que se dé ya han aparecido, especialmente entre los grupos reivindicativos de todo el
mundo
Algunos movimientos se están organizando cada vez más en redes y coaliciones que
desbordan las fronteras, identificándose más con el desarrollo de la sociedad civil
(incluso de la sociedad civil global) que con sus naciones-estado, y están usando
tecnologías de información y comunicaciones muy avanzadas para reforzar sus actividades.
Este puede muy bien ser el territorio para los conflictos ideológicos futuros, y la
guerra-en-red quizá la característica central.
La mayoría de las guerras-en-red probablemente serán no-violentas, pero hay que pensar
que en los peores casos podrían darse escenarios de conflicto de baja-intensidad. Martin
Van Creveld (1991: 197) considera esta opción cuando se preocupa porque "en el
futuro, la guerra no se librará entre ejércitos, sino entre grupos que hoy llamamos
terroristas, guerrillas, bandidos y ladrones, pero que sin duda reclamaran títulos más
formales para describirse a si mismos". Desde su punto de vista, la guerra entre
estados disminuirá y el estado, de hecho, se convertirá en una forma obsoleta de
organización social. Nuestras opiniones coinciden en gran medida con las de Van Creveld,
aunque no creemos que el estado sea, siquiera potencialmente, una forma obsoleta. Más
bien apostamos a que será transformado por estos desarrollos.
Algunas guerras-en-red implicarán opciones militares. Posiblemente estas vengan dadas en
contextos relacionados con la proliferación nuclear, el trafico de drogas y el
anti-terrorismo, en función de las potenciales amenazas que estos suponen para el orden
internacional y la seguridad nacional.
Por lo demás, tendencias sociales más amplias (por ejemplo, la redefinición de los
conceptos de seguridad, los nuevos roles de los grupos reivindicativos, la confusión de
los limites tradicionales entre lo militar y lo no-militar, lo público y lo privado, lo
estatal y lo social) pueden hacer que se vean afectados los intereses de al menos algunas
oficinas militares, por lo que éstas tendrían que implicarse en actividades de
guerra-en-red.
Las guerras-en-red no son guerras reales, en su definición tradicional. Pero la
guerra-en-red puede ser desarrollada como instrumento para evitar que una guerra real se
desate.
La disuasión en un mundo caótico puede ser función de la presencia y la postura que
adoptemos tanto en lo relativo a la fuerza como a lo cibernético.
Explicar la Cyberguerra
Con el término cyberguerra nos referimos a llevar a cabo, o prepararse para llevar a
cabo, operaciones militares de acuerdo con principios relacionados con la información.
Esto supone desbaratar, cuando no destruir, los sistemas de información y comunicaciones,
entendidos ampliamente abarcando incluso la cultura militar, sobre la que depende el
adversario para saber sobre sí mismo: quien es, donde está, qué puede hacer por tanto,
por qué esta luchando, qué amenazas debe enfrentar en primer lugar, etc... Significa
intentar saberlo todo sobre el adversario, al tiempo que se evita que éste averigüe
cualquier cosa sobre uno mismo. Significa desequilibrar "la balanza de información y
conocimiento" a favor propio, especialmente si el balance de fuerzas no está tan a
nuestro favor. Significa usar el conocimiento de modo que menos capital y trabajo tengan
que ser invertidos. Esta forma de guerrear puede implicar diferentes tecnologías,
especialmente para el C3I , para la recopilación, procesamiento y distribución de
inteligencia, para las comunicaciones tácticas , para logística e "identificación
amigo-enemigo (IFF: identification friend or foe), así como para sistemas de armas
"smart" inteligentes, etc...
Puede suceder que implique también intrusión, sobrecarga, engaño, saturación o
cegamiento electrónico de los circuitos de comunicación e informaciones del adversario.
No obstante la cyberguerra no se limita a ser simplemente un conjunto de medidas basadas
en la tecnología. Y no debería ser confundida con significados ya pasados anclados en
nociones de guerra electrónica, robotizada, automatizada o computerizada.
La Cyberguerra puede tener importantes consecuencias para la organización y la doctrina
militar. Como se ha hecho notar, la literatura sobre la revolución de la información
pone en relieve innovaciones "organizacionales", haciendo que diferentes partes
de una institución funcionen más bien como redes interconectadas que como jerarquías
separadas. Así la Cyberguerra puede tener que implicar una suerte de
"rediseño" institucional tanto en dentro de cada una de las áreas como en las
relaciones entre diversas de ellas.
Adaptarse a un funcionamiento de estructuras en red puede requerir algún tipo de
descentralización del mando y el control, al que se podrían poner objeciones desde
comprensiones más anticuadas que estipulaban que el avance de las nuevas tecnologías
proporcionaría un mayor grado de control centralizado de las operaciones militares.
Pero la centralización es sólo una cara de la moneda: efectivamente, las nuevas
tecnologías pueden también proveer una mejor "visión de conjunto", una
comprensión central del escenario que refuerza la dirección en una situación compleja.
Muchos tratamientos de rediseño "organizacional" defienden la
descentralización, sin embargo la descentralización por si misma no es el punto clave.
Es la conjunción de la descentralización con la visión de conjunto la que aporta las
verdaderas ventajas.
La Cyberguerra puede implicar a su vez el desarrollo de nuevas doctrinas sobre el tipo de
fuerzas que se necesitan, sobre dónde y cómo desplegarlas, qué y cómo atacar al
enemigo.
Cómo y dónde situar qué tipo de ordenadores con sus correspondientes sensores, redes,
bases de datos y demás, puede ser tan importante como en su tiempo fue la cuestión
relativa al despliegue de bombarderos y de sus funciones de apoyo. La Cyberguerra puede
también tener implicaciones para integrar los aspectos políticos y psicológicos de la
guerra con los netamente militares. En suma, la Cyberguerra trae a colación vastas
cuestiones de organización y doctrina militar, así como de estrategia, táctica y
diseño de armas. Puede ser aplicable tanto en conflictos de baja como de alta intensidad,
en medios convencionales o no, para propósitos defensivos u ofensivos. Como innovación
en el campo de la guerra, anticipamos que la Cyberguerra puede resultar para el siglo XXI
lo que la "blitzkrieg" fue para el siglo XX.
No obstante, pensamos que aun hoy el concepto es demasiado especulativo para alcanzar una
definición precisa
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