El
sábado 3 de febrero, el sargento Donald Dugan se convirtió en el primer soldado
estadounidense en morir durante las operaciones de mantenimiento de la paz de la OTAN en
Bosnia. No fue el ataque concertado del enemigo o el fuego de precisión de un
francotirador lo que mató a Dugan. Esto podría haber puesto en peligro el frágil
acuerdo de paz y sería una grave causa de preocupación. En cambio, éste había recogido
una pieza descartada de munición que entonces estalló en sus manos. En otras palabras,
fue un accidente y el tipo de accidente que se produce a menudo en todos los ejércitos.
Sin embargo, esa noche, la muerte de Dugan fue la noticia principal en
todos los noticiosos de la red, y fue el artículo principal en todos los periódicos
importantes a la mañana siguiente. Según la base de datos Lexis-Nexus, durante el
transcurso de las primeras 24 horas posteriores a su muerte, periódicos y revistas
dedicaron más de 50.000 palabras a esta única victima y concedieron a Dugan la
importancia nacional que se podría haber concedido a un general caído en batalla en
otras épocas.
La diferencia entre la cobertura actual y la cobertura de aquel
entonces es la proximidad de las noticias y la facilidad con que se transmiten alrededor
del mundo. Apenas minutos después de la muerte de Dugan, la información había sido
transmitida desde el cuartel general del ejército de Estados Unidos en Bosnia al cuartel
general de las fuerzas de la OTAN y desde allí por medio de una conferencia de prensa a
los medios mundiales. Con el liderazgo de la CNN en sus noticiosos cada media hora sobre
la muerte, se había establecido el programa para el resto de los medios de la nación, y
todos habían seguido obedientemente el liderazgo que se les había impuesto.
Este tipo de alimentación en grupo es el sello distintivo de las
operaciones de noticias que comenzaron con el desarrollo de los servicios alámbricos y
que fueron ampliadas por la revolución en las comunicaciones internacionales que
provocara el crecimiento de Internet. Pero también es un ejemplo gráfico de la
ignorancia colectiva de los medios y de los políticos sobre cómo funciona en realidad
una guerra. En la actualidad el conflicto no se juzga tanto por la victoria o la derrota,
sino por la cantidad de victimas de los aliados, donde las muertes superiores a cifras
simples en general se consideran una derrota politica y, por lo tanto, militar.
Durante el despliegue de las fuerzas de paz de Naciones Unidas en
Somalia se produjo una ilustración gráfica de esto. Seis helicópteros Cobra armados
despegaron de un buque de la marina estadounidense hacia la costa de Somalia justo antes
de la medianoche del 9 de diciembre de 1992. Su misión consistía en cubrir a los
infantes de marina estadounidenses y a los SEAL de la marina estadounidense que
desembarcaban en el país como parte de la "Operación Renovación de
Esperanza", para llevar asistencia a millones de somalíes hambrientos. En la
reunión instructiva realizada pocos minutos antes, se habla informado a los pilotos que
se contaba con información limitada sobre los peligros que enfrentaban. Lo poco que se
sabía sugería que algunas de las bandas armadas podrían contar con granadas propulsadas
por cohete y armas cortas.
Cuando el Cobra líder avistó tierra firme, el piloto vio por medio de
sus gafas de visión nocturna muchos flashes desde la playa. Suponiendo que era fuego
enemigo destinado contra él, armó su sistema de armas y se preparó a disparar una salva
de cohetes. En ese momento recibió un mensaje urgente por sus auriculares: las luces de
la playa no eran fuego enemigo, sino flashes de fotógrafos que tomaban fotografías del
desembarco que supuestamente era un secreto militar bien guardado.
Para los SEAL, en general tímidos ante las cámaras, el desembarco fue
una farsa vergonzosa. En vez de lanzar exitósamente una operación encubierta en
territorio hostil, se vieron perturbados por enjambres de periodistas y de fotógrafos
ansiosos por tomar una instantánea de lo mejor del Pentágono en acción. Para el
gobierno de Bush y para algunos importantes oficiales militares, la Operación Renovación
de Esperanza era una oportunidad fotográfica demasiado buena como para perderla. Las
noticias del desembarco se habían filtrado a los medios para asegurar la cobertura
máxima de una operación militar que para el país era una victoria segura. Después de
todo, el objetivo de la operación que consistía en proveer asistencia a los hambrientos
era suficientemente loable. La oposición al poderío de Estados Unidos eran unos pocos
pistoleros locales mal armados, y el terreno abierto favorecía a la tecnología y al
poder de fuego estadounidense.
Pero a medida que se desenvolvió la operación, un medio en apariencia
condescendiente se tornó hostil, y estos pistoleros mal capacitados y equipados pudieron
derrotar a Estados Unidos de América, la última superpotencia que queda y la fuerza
militar más poderosa del mundo. Los hechos de este trastorno de la política exterior
estadounidense no están en discusión. Entre los aliados de Estados Unidos, la inversión
de la suerte de Estados Unidos en Somalia provocó preocupación sobre la fortaleza de la
voluntad politica de Estados Unidos en la continuidad de su politica exterior. Estas
preocupaciones están justificadas. Pero en estas cuestiones se encuentra implícita una
realidad nueva que existe en los medios y en el Gobierno y ayuda a explicar por qué en el
futuro el mantenimiento de la paz, la pacificación y la guerra pueden ser imposibles si
aplicamos los criterios que alguna vez funcionaron con tanta efectividad.
En la actualidad el mantenimiento de la paz y la guerra se producen en
un mundo como nunca hemos visto. Todas las antiguas certidumbres han desaparecido; no
existe una Guerra Fria, no existe rivalidad entre superpotencias que brinden tanto
tensión como estabilidad. En lugar de esto ha surgido una serie de pequeñas crisis
inesperadas. Estas han brindado algunos desafíos nuevos para los encargados de la
política, para los políticos, y para los medios que informan sobre éstos.
Pero no solamente el fin de la Guerra Fria ha transformado el debate.
El fin de esa era ha anunciado una nueva generación de líderes políticos en muchos
paises democráticos, y ha consolidado cambios que ya se habían iniciado durante algún
tiempo en los medios. Consideremos esto: el Presidente de Estados Unidos tiene 48 años;
el Primer Ministro de Gran Bretaña 50. La edad promedio del personal que trabaja en la
Casa Blanca es de alrededor de treinta años. Los jefes de los servicios de inteligencia
británicos ahora son designados a fines de sus 40. Incluso la edad promedio del personal
de mi periódico ha bajado en los diez últimos años de aproximadamente 45 a 30, a medida
que luchamos por llegar a los lectores jóvenes tenemos que ganar la gran batalla por la
circulación.
Esto significa que muchos de los líderes políticos y la mayoría de
sus asesores no tienen un concepto de las consecuencias políticas y personales de la
guerra. No han experimentado una guerra mundial que devastara familias, ninguna como esas
que tanto marcaron a nuestros padres y abuelos. Por lo tanto, no existe un verdadero
concepto de los horrores reales de la guerra. En los medios ahora hay muy pocos
periodistas y editores que hayan cubierto conflictos convencionales. En estos 15 años de
informar sobre guerras, revoluciones y terrorismo en todo el mundo, sólo he cubierto dos
conflictos que se podrían considerar convencionales: la Guerra Irán-Iraq y la Guerra del
Golfo contra Saddam Hussein. El resto estaba integrado por una serie de guerras menores,
conflictos de poca intensidad, y actos de terrorismo.
Por lo tanto no es sorprendente que la generación actual que está
liderando los medios y la política tenga una visión muy limitada de la guerra y de la
capacidad de las fuerzas armadas. Es una opinión formada a partir de la experiencia de
cada individuo, que prácticamente está totalmente confinada a la televisión, a la
imagen cinematográfica y, en cierta medida, a lo que ha leído en los periódicos. Este
es un mundo pequeño, donde la acción se concentra en la tragedia humana, la gran
película está simplificada a fin de que la persona común la pueda entender. En un mundo
donde los lapsos de atención son cortos.
Por ejemplo, la manera de comunicar las noticias ha sufrido una
transformación sorprendente en los últimos 25 años. La duración promedio de un
discurso presidencial en una transmisión noticiosa vespertina en cadena bajó de 42
segundos en 1968 a menos de 10 segundos en 1988. Las tres cadenas principales dieron a
George Bush y a Michael Dukakis la cuarta parte de tiempo en el aire que la que habían
dado a Richard Nixon y a Hubert Humphrey. En las últimas elecciones y desde la asunción
del Presidente Clinton se ha asignado incluso menos tiempo a los intentos del Presidente y
de su personal por comunicarse directamente con el pueblo. Ya han pasado los dias en que
las cadenas tenían diferencias por las convocatorias de la Casa Blanca. En vez de esto,
ha surgido un culto a la personalidad, edificado alrededor del conductor y de la
conductora que colabora en representar, refinar y hacer las noticias. El motivo de esto es
que, en general, los presidentes son algo aburridos y hacen poco por mejorar los ratings,
en tanto que el personal de una cadena puede presentar el material de una manera adecuada
para la misma y aumentar los ratings. O, tal como dijo en un discurso Dan Rather:
"Nos hacen pasar al aire más policías y ladrones, más material
de espectáculo policial, para poder competir no sólo con otros noticieros, sino también
con programas de espectáculos -incluso aquellos que se las dan de noticieros- con
cadáveres, mutilaciones, e historias sensacionalistas.
Hemos permitido que este gran instrumento, esta arma para el bien, sea
despilfarrada y vulgarizada. A los mejores de nosotros se nos cae la cara de verguenza.
Todos deberíamos estar avergonzados de lo que hemos hecho y de lo que no hemos hecho, en
comparación con lo que podríamos hacer -avergonzados por muchas de las cosas en que
hemos permitido que se convierta nuestro arte, nuestra profesión, el trabajo de nuestras
vidas.
Este mea culpa por parte de una de las personas que ha reemplazado al
Presidente con su erudición está bien fundamentado. A medida que los medios televisivos
tornaron triviales las noticias, los periódicos también tuvieron que buscar maneras de
presentar su información de una manera vívida y excitante a fin de conservar su
público. Esto no sólo implicó reducir su enfoque, sino también concentrarse en lo
trivial, lo marginal, y lo improcedente en búsqueda de lo emocionante. En términos de
combate, esto significa que los bits de sonido han reemplazado al sentido. Ya no hay una
búsqueda por comprender la situación más general -la "visión estratégica",
si lo prefieren. En cambio, lo que importa es el aquí y el ahora, y la comunicación
moderna significa que lo que sucede por allá se representa aquí y ahora ante millones de
estadounidenses que conforman el Estado.
Este enfoque limitado significa que existe una obsesión con los
detalles, con cada matiz de una historia. Esto significa que la política importa mucho
más que antes. Un frente nacional unido pertenece al pasado. Estados Unidos jamás se
volverá a presentar unido como nación frente a su agresor. En vez de esto, el Presidente
podrá intentar y mantendrá su estatura, pero siempre habrá otros rotando en el banco de
suplentes que obtendrán el mismo tiempo.
La información sobre conflictos ha cambiado a medida que evolucionaron
los medios, a tal punto que la cámara y la computadora portátil llevan al hogar la
imagen simple de las víctimas, civiles o militares. Los medios de noticias y la élite
política exigen que estas víctimas se cuenten en cifras simples para que sean
aceptables. Por ejemplo, tanto en la Guerra de Malvinas como en la Guerra del Golfo fue
sorprendente que la cantidad de víctimas fuera extraordinariamente baja. Incluso así,
cada una fue analizada e investigada minuciosamente en un intento de descubrir certezas
poco realistas en el caos de la guerra. Esta tendencia por minimizar la pérdida de vidas
va ha ser el factor principal en la adopción de decisiones en el futuro inmediato.
En la operación de Somalia encontramos dos ejemplos de esto. En primer
lugar, el consenso que llevó al Congreso y al gobierno a respaldar el despliegue de
fuerzas estadounidenses en dicho país a principios de este año se evaporó cuando
arrastraron por las calles de Mogadishu el cadáver de un único soldado estadounidense.
Esta imagen, transmitida y retransmitida por todos los medios, produjo una oleada de
revaluación en todo Estados Unidos. En todo aspecto, el Presidente de Estados Unidos
estaba conmocionado -incluso sorprendido- por esta visión, como si la guerra no se
tratara de sufrimiento y de horror sino de algo más amable, más cálido y generoso que
la realidad. También el Congreso perdió inmediatamente el ánimo, percibiendo con esa
antena extraordinaria con la que parecen nacer los políticos que la postura pública ya
no respaldaba el despliegue de tropas. Por supuesto que cuando el Congreso se retiró y la
Casa Blanca se preguntó en voz alta sobre los motivos de su compromiso, los medios
percibieron el olor a pánico y saltaron de entusiasmo para completar el circulo de
indecisión abstraída.
El resultado de ese único incidente fue que el Presidente ordenó que
las tropas estadounidenses se confinaran efectivamente a las barracas, cediendo el control
de Mogadishu a las bandas armadas que el gobierno y las Naciones Unidas se habían
comprometido a controlar apenas unas semanas atrás. Al mismo tiempo, para librarse del
Congreso, el Presidente estableció un plazo para la retirada de Somalia. Imponer un plazo
y anunciarlo al enemigo es un error táctico fundamental que desmoraliza a las propias
tropas ("¿Para qué arriesgar mi vida si de todos modos nos retiraremos?") y
entrega el control táctico al enemigo ("Si sólo esperamos hasta que se cumpla el
plazo, obtendremos todo lo que queremos"). Es extraordinario que la imagen televisiva
de una única muerte rija la política exterior de la potencia politica y militar más
importante del mundo. Es preocupante, tanto para aliados como para estadounidenses, que la
politica deba mostrar tanta ignorancia sobre tácticas militares y sobre la historia.
La segunda imagen de Somalia es la de Michael Durant, el piloto de
helicóptero capturado. Su rostro magullado apareció en las tapas de periódicos y
revistas en toda la nación, y se convirtió en un símbolo de la supuesta impotencia de
Estados Unidos frente a un intransigente tirano Somalí. Luego fue liberado, y periodistas
y cámaras lo siguieron desde Mogadishu hasta Alemania y luego hasta aquí donde, por
supuesto, hizo su aparición obligatoria en el Show de Larry King. Este era un hombre, un
prisionero en un país que estratégicamente es improcedente para futuro destino de
Estados Unidos e incluso del mundo -y sin embargo asumió una importancia simbólica más
allá de su valor como hombre, soldado de la Fuerza Aérea o ciudadano de Estados Unidos.
Por supuesto que reducir la cantidad de victimas es un objetivo loable. Pero la muerte y
las lesiones son consecuencias lamentables de comprometer fuerzas militares en conflictos.
Los soldados son entrenados para matar a otras personas, y sin embargo parece existir una
opinión generalizada de que en la actualidad las crisis pueden ser manejadas sin pérdida
de vidas.
Los medios han desempeñado un papel importante en la creación de esta
opinión. Los medios siempre exigen excelencia a los demás; en función de
administración de crisis esto se traduce como una solución exitosa con un costo mínimo
por "nuestra" parte. En los últimos 10 años la manera en que los medios forman
la opinión ha cambiando rotundamente. La CNN está en todas partes, y allí donde va la
CNN, la siguen inmediatamente todos los demás medios. En la actualidad la censura
virtualmente es imposible, con sistemas de mochilas para transmisión satelital y
teléfonos que permiten que los periodistas transmitan sus copias desde cualquier lugar
del mundo.
En tanto que la competencia entre los distintos medios aparentemente es
feroz, gran parte de ésta es artificial, y cada vez hay más historias cubiertas por
corresponsales que son pagados por su nombre o su rostro y no por el contenido de lo que
puedan producir. En efecto, el crecimiento de las ciudades principales con periódicos
simples ha reducido la competencia, produciendo algo así como una arrogancia empresarial
que asigna mucho menos valor a las primicias a la antigua y mucho más a la creación de
una reputación de "periódico establecido". A su vez esto ha dado lugar a otro
tipo de información, donde la CNN y los servicios interconectados comienzan a establecer
el orden del dia, y donde son seguidos por periódicos y revistas cuyos editores y
redactores adoptan sus ideas y pistas de aquellos que se alimentan primero en el comedero
de las noticias.
Las noticias son tan inmediatas que llevan al proceso político en
direcciones que pueden ser muy poco recomendables, en especial cuando los encargados de
adoptar decisiones no tienen experiencia sobre el mundo en el cual están adoptando
decisiones de vida o muerte. Sin embargo, tanto militares como políticos desearían hacer
lo contrario; esta es la nueva realidad de los medios que cubren las crisis de la
actividad, y seguirá siéndolo.
Esto no es sólo una perspectiva dimensional de los medios como
recopiladores de noticias. Otros que forman parte de la violencia también comprenden
mejor la manera en que funcionan los medios. Recuerdo cuando cubría la toma de la
Embajada de Estados Unidos en Teherán por estudiantes militantes. Muchos de aquellos que
retenían rehenes estadounidenses habían recibido su educación en universidades
estadounidenses y conocían bien los puntos vulnerables de esa sociedad. Las conferencias
de prensa diarias eran programadas cuidadosamente para las cadenas estadounidenses a fin
de poder obtener las entrevistas, ingresar al satélite, y llegar a los anfitriones de
programas de Nueva York a tiempo para las noticias de la tarde. Fue una propaganda hábil
que demostró ser sumamente efectiva.
Pero el mundo ha cambiado mucho desde esos dias. De la misma manera en
que el Pentágono rutinariamente establece una operación sofisticada de relaciones
públicas para cada despliegue militar, también los protagonistas comprenden el valor de
la atención de los medios. Un buen ejemplo de esto es el informe del New York Times del 6
de febrero de 1995, que describía las actividades de los rebeldes chechenos que
combatían a los rusos:
El comandante militar checheno, General Aslan Maskhadev, sentado
tranquilamente aquí en su cuartel general (Novogroznensky, Chechenia), con un modelo
reciente de transistor portátil Motorola en un bolsillo de su camisa... Concedieron
entrevistas y luego dieron el número de su teléfono satelital a los periodistas y se
marcharon... Cuando los hombres más buscados de Rusia terminaron de hablar con
periodistas, políticos y parientes de los rehenes, el General Maskhadov hizo un par de
llamadas breves con su teléfono portátil...
Este uso de las comunicaciones modernas ha sido igualado por la
proliferación de distintos sistemas que brindan a las personas de todo el mundo acceso al
mismo tipo de información casi exactamente al mismo tiempo. Una bomba estalla en Londres,
y el hecho de su detonación es transmitido alrededor del mundo por distintos servicios
conectados y estaciones de televisión, y la información sobre la explosión es
intercambiada por periodistas en el lugar y por otros en distintas ciudades. Por ejemplo,
cuando se interrumpió el cese del fuego del IRA en febrero de 1995 con la detonación de
una bomba en Londres, yo informé sobre la historia desde Washington utilizando contactos
que tengo en la comunidad de inteligencia y en los gobiernos de Estados Unidos y de Gran
Bretaña. Gracias a que tengo algunos conocimientos sobre el tema, distintos servicios
conectados se comunicaron conmigo desde distintos países, desde las principales revistas
de noticias de Estados Unidos y estaciones televisivas de todo el mundo. De este modo una
única fuente se convierte en un recurso para una vasta cantidad de agencias de noticias.
La tendencia se ve exagerada por los desarrollos en Internet. Según
Associated Press, la cantidad de periódicos de Norteamérica que ofrecen información por
medio de servicios de computación en línea se triplicó de 1975 a 1995 y se espera que
se duplique nuevamente en 1996. Algunos periódicos han creado sitios en la Worid Wide
Web, otros ofrecen historias y fotografías por medio de servicios comerciales en línea,
y otros pocos más han lanzado sus propios servicios en línea independientes. Y esto
sólo es el principio. Cada grupo noticioso importante tiene planes para proporcionar una
descarga completa de su periódico o revista en computadoras portátiles en interfaz con
videos y bases de datos a las que podrá acceder por una tarifa muy baja cualquier cliente
interesado en obtener información sobre un tema determinado sobre el cual se informa ese
día.
Para el público, los políticos, y los planificadores militares que
deben enfrentar el problema de un medio cada vez más penetrante, el mundo de las noticias
también presenta algunos desafios difíciles. Christopher Dunkley, el crítico televisivo
del Financial Times de Londres, lo explica de la siguiente manera:
"Los miembros de la generación de la televisión no tienen
ninguna protección contra la realidad. Sabemos cuán comunes son el dolor y el
sufrimiento, debido a que día tras día se nos presentan con imágenes gráficas y
narraciones detalladas. Pero vivir con la tristeza y el dolor de todo el mundo es otra
cosa. Ha pasado medio siglo desde que ingresamos a la era de la televisión, y uno se
empieza a preguntar si esto quizás no es insoportable. Lo que intentamos hacer al vivir
con la televisión mundial es distinto a todo lo que haya intentado hacer cualquier
generación anterior".
El Primer Ministro de Gran Bretaña, John Major, manifestó su
perspectiva política en una entrevista con Los Angeles Times el 20 de junio de 1993.
Cuando le preguntaron: "En la actualidad los líderes están en desventaja por lo que
se podría denominar el síndrome de la CNN. Todo tiene que suceder con rapidez. ¿Esto lo
exaspera?". Major contestó: "No me exaspera. Es un hecho de la vida. Pienso que
es malo para el gobierno. Considero que la idea de que uno deba tener una política
automáticamente para todo antes de que suceda y deba responder a cosas antes de haber
tenido la oportunidad de evaluarlas adecuadamente es insensata".
Sin embargo, por "sensata" o "insensata" que sea,
los medios ahora tienen el poder de afectar el curso de los acontecimientos y la adopción
de decisiones de los políticos con un alcance como nunca se ha visto en la historia.
Consideremos cómo ha cambiado el papel del periodista durante este siglo. En 1916, el
Ministerio de Relaciones Exteriores Británico estableció su primer departamento de
relaciones públicas, y por primera vez se admitió oficialmente el ingreso de periodistas
a los sagrados recintos de Whitehall -para disgusto del portero que hasta entonces se las
había arreglado para mantenerlos alejados.
"Bien, señor, es un cambio de lo que acostumbraba ser -declaró.
Antes de la guerra, esos caballeros de la prensa formaban fila en el patio fuera de la
oficina alrededor de las cuatro de la tarde, y uno de nosotros salía y decía: No hay
nada por hoy, caballeros, y ellos se marchaban".
Desde ese obsequioso principio, la prensa ha desarrollado un apetito
voraz por noticias e información. Esto parece haberse producido en un ciclo que comenzó
en la primera mitad del siglo cuando los medios empezaron a comprender la magnitud de su
poder y de su influencia. Cuando Ian Fleming era el Director de Noticias del Exterior del
The Sunday Times en la década del '50, mi periódico tenía 150 corresponsales alrededor
del mundo, con periodistas en prácticamente todos los países. Cuando asumí esa función
hace 15 años, The Sunday Times tenía ocho ciudades administradas por corresponsales, una
cifra que mantenemos en la actualidad. Este modelo de expansión y contracción ha sido
igualado por todas las organizaciones de medios del mundo que al principio habían sido
seducidas por las posibilidades de la cobertura mundial y que luego enfrentaron las
realidades financieras de mantener una red de tal magnitud.
Esto significa en la actualidad que la cobertura de los medios es muy
selectiva y que no necesariamente está dirigida por la importancia de la historia, sino
por el costo de cubrirla, o incluso por algo tan sencillo como quién está casualmente en
el lugar en el momento. Las pulgadas de columnas y el tiempo televisivo dedicado a Somalia
contra Liberia, Angola o Burundi no tiene ningún tipo de relación con la magnitud de la
tragedia que se desarrolla en cualquiera de esos países. Sin embargo, la multitud de los
medios se dirige a Somalia debido a que había capturado la imaginación de editores, era
una noticia buena y pintoresca, y era fácil acceder a la misma y -quizás lo más
importante- todos estaban allí y prevalecía el instinto de lemming que tanto domina a
los medios.
Este enfoque selectivo de los medios, que tiende a ser
extraordinariamente intenso y de duración limitada, tiene el efecto de una política
vital. A su vez, esto ha llevado a los medios a creer que no sólo tienen un deber de
informar las noticias sino que también tienen el poder de influenciar los
acontecimientos. Como dijera el Primer Ministro Británico Staniey Baldwin a los barones
de la prensa de su época: "Apuntan al poder, y a un poder sin responsabilidad -la
prerrogativa de las meretrices a través de los tiempos".
Este poder sin responsabilidad ha sido redefinido a una forma de arte
en Washington, donde los periodistas a menudo se convierten en fabricantes de noticias, y
la línea entre la información, el comentario, y la adopción de políticas se ha tornado
tan difusa que es prácticamente imperceptible.
Los políticos y el público han complacido a los medios de una manera
que ha promovido esta evolución. Cuando vine a vivir por primera vez a Washington hace
dos años, tenía la opción del título que debía asumir, y eventualmente me establecí
como Jefe de la Oficina de Washington. Suponía -correctamente como después se demostró-
que otros verían en el título una categoría inmerecida y me verían detrás de una gran
cantidad de personal ansioso de cumplir mis órdenes.
De hecho, soy mi propio jefe y mi propio investigador bajo presión.
Pero esta pequeña vanidad me ha permitido el acceso a los pasillos del poder de una
manera que no hubiera sido posible en Londres. También me dio acceso a una vida social en
la élite política y de los medios, donde los Jefes de Oficina son codiciados compañeros
de cenas. En Inglaterra, en contraste, donde se desconfía tanto de los periodistas como
en Estados Unidos, pero donde los políticos no consideran necesario complacemos como se
hace en Estados Unidos, los anfitriones de las cenas nunca se jactarían de que un
periodista venga a cenar por temor a que los demás invitados cancelen su invitación.
Y sin embargo es en Gran Bretaña y no en Estados Unidos donde se han
logrado los pactos históricos con los medios y donde han demostrado funcionar. Durante la
guerra contra el Ejército Republicano Irlandés en la década del '80, las fuerzas de
seguridad británicas establecieron distintas operaciones secretas ideadas para atrapar a
terroristas del IRA. Esto implicó la creación de puestos de observación cerca de
objetivos potenciales tales como políticos, empresarios y periodistas. En algunos casos,
estos puestos de observación estaban dentro de los hogares de los sujetos.
Inevitablemente la noticia de estas operaciones se filtró, y se informó detalladamente
sobre la operación a cada organización de medios importante, pidiéndoles que
conservaran el secreto. Este secreto duró nueve meses hasta que terminó el operativo.
Existe una suposición de que un trato similar puede funcionar en
Estados Unidos, y los funcionarios de información del Pentágono citarán ejemplos en los
que ha funcionado. Por ejemplo, distintos periodistas fueron informados por anticipado
sobre la Operación Defensa de la Democracia, el plan militar para tomar control de
Haití, y no se produjeron filtraciones.
Este éxito con un grupo pequeño y fácil de controlar no deberla
utilizarse como ejemplo de cómo funcionaria un grupo internacional más grande,
especialmente durante un plazo más prolongado. En Gran Bretaña se utiliza una palabra
especial para describir las actividades de periodistas de distintos medios
sensacionalistas que están tras el mismo tema. La actividad se conoce como
"tematismo", y el desafortunado sujeto como "temático", que conjura
adecuadamente la imagen de una tropilla de caballos bayos trabajando. La guerra -la guerra
real- será así, con cientos y posiblemente miles de periodistas de distintos países,
distintas culturas y con plazos distintos en búsqueda de la misma historia y en búsqueda
de la primicia. Los militares se convertirán en el enemigo, debido a que no
proporcionarán una primicia que puede no existir, los rumores se convertirán en hechos
en el lugar de los hechos reales, y las historias recorrerán el mundo con una velocidad
arrolladora desde las computadoras portátiles al escritorio del editor a Internet y
nuevamente a la computadora portátil del periodista sentado a pocos pies de distancia de
la transmisión original.
Bosnia quizás sea el mejor ejemplo del poder de los medios para
influir en el debate. Durante el Fin de Semana del Renacimiento en 1992, cuando la clase
política estadounidense se reunió para celebrar el Año Nuevo, gran parte de la
discusión, que incluyó al Presidente Clinton y a muchos otros que ahora son miembros
importantes de este gobierno, se centró en la incipiente tragedia de la ex Yugoslavia. Se
vio signada por la pasión con que las personas sostenían que "algo se debía
hacer" y por la falta de datos específicos aportados al debate. Y fueron los medios,
sin poder evitarlo, los que sostenían que los políticos y los militares podían hacer
algo -cualquier cosa- para detener la matanza. Es fácil hacer una crítica así. Douglas
Hurd, ex Ministro de Relaciones Exteriores británico y uno de los europeos tan
abiertamente criticado en Estados Unidos por su política sobre Bosnia, abordó la
cuestión de la siguiente manera:
"Supongamos que hemos lanzado ataques aéreos... como una
manifestación de nuestra indignación y determinación para resistir la agresión.
Supongamos que el resultado no fue contribuir al esfuerzo de paz sino destruirlo.
Supongamos que el resultado no fue salvar niñas... sino la mutilación de otras niñas.
Supongamos que el resultado fue la interrupción del puente aéreo humanitario de Sarajevo
y, por supuesto, la finalización de la evacuación de víctimas. Supongamos que el
resultado fue la venganza contra las tropas británicas y otras tropas de la ONU dentro
del alcance de la artillería, de manera tal que después de que muchos murieron todos se
tuvieron que retirar. ¿Quién será el primero en denunciar la falta de juicio, la falta
de previsión, la precipitación de esta desgracia desastrosa? No hay premios para la
respuesta. Y agregaría que ninguna culpa real sería justa para los críticos que
entonces cambiarían su postura. Esta es su profesión. Los ministros y sus asesores
tienen una profesión distinta... Aquellos ajenos al gobierno que sostienen que "algo
se debe hacer" tienen una postura distinta de aquellos que de hecho deben adoptar la
decisión y luego imponer las consecuencias de dichas decisiones a los demás".
Para comprender mejor la relación entre los medios y el gobierno, Hurd
sostiene:
"En una democracia es por los medios del periodista y del
comentarista que el pueblo aprende y juzga. El periodista y el comentarista tienen un
ángulo de visión distinto y preconceptos distintos de aquellos que deben decidir y
actuar. No tiene sentido que el Ministro o el funcionario público supongan que los
periodistas verán sus problemas a su manera. Lo verán a su propio modo e informarán
conforme a ello. No tiene sentido resistir esto u ofenderse por esto, pero de todos modos
estaría mal ser seducido por la atracción aparente de comentarios de prensa favorables.
La relación será fructífera siempre que cada lado reconozca la diferencia entre las
profesiones. El general no debe imaginarse como un comentarista o el comentarista como un
general o un ministro del Gabinete. Si cada uno de nosotros mantiene una confianza
razonable en su profesión, entonces vamos a hacer un buen papel todos juntos".
Este llamado estentóreo para el mantenimiento de una división entre
los medios y los políticos está arraigado en la historia y no en la realidad actual. Hoy
en día, la evolución de los medios como encargados de la adopción de políticas, del
comentarista no sólo como formador de opinión sino también como orientador de
políticas, está prácticamente terminada. Esta es una era en que los gobiernos no se
rigen por los principios y las convicciones o incluso por perspectivas estratégicas
claras. En vez de esto, los políticos se dejan llevar cada vez más por los titulares de
los periódicos y por los resultados de las encuestas de opinión que se forman en base a
esos mismos titulares.
Hace un siglo atrás, un único incidente que pudiera interferir con la
soberanía nacional provocaría un acto de respuesta inmediata y violenta. Cuando el
General Gordon fue asesinado en Jartum, los británicos enviaron una expedición punitiva
que años después castigó a los perpetradores del acto. Hoy, cuando el cuerpo de un
estadounidense es arrastrado por las calles de Mogadishu, el gobierno estadounidense
cambia su política exterior y comienza a retirarse del país. Este cambio trascendental
en la manera de manejar la política exterior es un mal presagio para el futuro.
Con un tiempo de atención tan corto y una visión mundial tan
limitada, es difícil concebir cómo las democracias líderes del mundo pueden desarrollar
una política constante para la administración de crisis. ¿Es concebible que la única
superpotencia que queda en el mundo despliegue sus fuerzas en un lugar como Irlanda del
Norte para mantener la paz tal como hicieron los británicos hace 30 años? ¿Es
concebible que el gobierno de Estados Unidos envíe tropas a un lugar similar? En las
circunstancias actuales, la respuesta es no.
La guerra, el mantenimiento de la paz, y la administración de crisis
nunca se trataron de consenso y encuestas de opinión. Estos factores pueden haber
ejercido cierta influencia, pero nunca fueron fundamentales. La continuación exitosa de
cualquier operación militar consiste en el liderazgo y en los propósitos firmes que
permiten que los principios y la convicción gobiernen la crítica a menudo mal formada de
los medios y de los informes instantáneos.
Todos estos acontecimientos tendrán un impacto fundamental en el
futuro de la guerra en la Era de la Información. La proliferación de fuentes de
información se ha visto igualada por la reducción en la cantidad de fuentes que
proporcionan información en bruto. La proliferación de los métodos para el control del
flujo de información ha sido superada por el desarrollo de sistemas que permiten que los
encargados de reunir la información se comuniquen a voluntad. Es bastante evidente que ya
han pasado los días de censura efectiva diseñada para impactar la opinión pública en
respaldo de la política de un gobierno. Los gobiernos ya no controlan el flujo de la
información, aunque muchos desearían hacerlo. En efecto, sería temerario que cualquier
gobierno planee el control de la información en caso de producirse tensiones o
conflictos. Por el contrario, la planificación no se debe dedicar al control de las
noticias por medio de la ocultación, sino al control de la información por medio de la
manipulación.
Sin embargo, una de las paradojas de la Era de la Información es que
los planificadores militares y los líderes políticos necesitan más que nunca intentar
mantener el respaldo público por la acción política y militar. Ya no se da por sentado
el respaldo público automático a las causas nacionales. Por el contrario, será muy
difícil obtener respaldo público por cualquier tipo de acción militar. Tal como se
demostró en Bosnia, es difícil conquistar al Congreso, pero es mucho más difícil
conquistar al público en general. Sin embargo, la adopción de medidas sólo es el primer
paso de lo que inevitablemente será un largo camino. En todo despliegue de fuerzas es
inevitable que haya víctimas y, como hemos visto, simplemente no existe conciencia
pública, política o periodística de lo que se trata la guerra, y por lo tanto existe
poca tolerancia ante cualquier costo, sin mencionar los costos que son inevitables en un
conflicto total. El desafío, entonces, consiste en crear un ambiente que al mismo tiempo
refuerce el respaldo en el país en tanto que socava el respaldo público en el campo
enemigo.
En un mundo ideal, los líderes militares y políticos conseguirían la
asistencia de los medios para diseminar una opinión que contribuiría al interés
nacional. En realidad, es prácticamente imposible cumplir con dicho pacto, especialmente
cuando los medios son tan diversos y las tecnologías modernas se mofan de las fronteras
"nacionales". Para aquellos que están familiarizados con el concepto de espacio
cibernético y que están cómodos operando allí, la idea misma de
"nacionalismo" es extraña y tiene poca cabida en su mundo que existe sin
ninguna de las fronteras convencionales que han dado su coherencia tradicional al mundo.
La revisión más general de la relación entre los medios y los
militares la realizó el Centro de la Primera Enmienda del Foro por la Libertad en 1995.
Entre sus conclusiones, que se basaba en una encuesta de aproximadamente 1.000
funcionarios militares y 350 miembros de los medios, podemos mencionar:
- El 55% de los oficiales militares entrevistados consideraba que se
debería permitir que los medios informen lo que deseen desde el campo de batalla, sin
censura, siempre que se cumplan las pautas desarrolladas en conjunto entre los militares y
los medios noticiosos.
- Más del 80% de los oficiales declararon que los medios de noticias
eran "tan necesarios para mantener la libertad de Estados Unidos" como los
militares.
- Sólo el 2% de los oficiales y el 18% de los medios consideran que
los periodistas deberían tener libertad para informar "todo lo que deseen, sin
restricciones".
- El 70% de los oficiales y el 74% de los medios concuerdan en que:
"pocos miembros de los medios tienen conocimientos sobre defensa nacional".
En tanto que todo esto sugiere un sólido respeto mutuo entre los
militares y los medios, todavía existen fundamentos suficientes para desacuerdos y los
conflictos:
- El 60% de los oficiales militares, pero sólo el 8% de los medios,
estuvo de acuerdo en que "se debe permitir a los líderes militares utilizar los
medios de noticias para engañar al enemigo, engañando así al público
estadounidense".
- El 60% de los oficiales, en comparación con el 17% de los medios,
cree que los medios de noticias perjudicaron el esfuerzo de guerra en Vietnam.
- El 91% de los oficiales, en comparación con el 30% de los medios,
considera que los medios están más interesados en aumentar su público lector o
televidente que en decir al público lo que realmente necesita saber.
Por valioso que sea este estudio, refleja un orden antiguo que ya no
existe y un debate que en gran parte es improcedente para el futuro de la guerra. Es un
hecho, aceptado por todos los oficiales de relaciones publicas militares, que la mayoría
de los periodistas son extraordinariamente ignorantes sobre los temas que cubren. Entre
los periodistas es un hecho aceptado que, independientemente de lo que digan en respuesta
a una encuesta, los militares lucharán para suprimir las noticias una vez que aumentan
las víctimas y comienza la crítica en tiempo de guerra. Pero, incluso con estos
prejuicios, en la Era de la Información poco importa lo que los medios estadounidenses o
los militares piensen del otro. De igual manera, para el Pentágono y para los medios es
improcedente discutir seriamente sobre cuáles periodistas deberían tener acceso a qué
acervos de información y cuándo y exactamente cuánta información se debe comunicar. En
un conflicto real en el mundo real, habrá miles de periodistas de cada país que posea un
medio. Si un periodista de Washington es censurado, entonces su ramal de Tokio obtendrá
la información, la presentará y, en cuestión de horas, se publicará y estará
nuevamente en Washington. Así es como funciona la Era de la Información.
Durante la Guerra del Golfo había un amplio sistema de centralización
para todos los corresponsales de guerra diseñado para controlar el flujo de información.
Sin embargo, mi periódico brindó una de las mejores coberturas de la guerra operando
casi en su totalidad desde fuera del sistema de centralización y evitando casi
deliberadamente todas las conferencias oficiales y las reuniones informativas formales.
Por cada periodista controlado por el sistema de centralización, había cuatro o cinco
recorriendo las capitales occidentales y de Medio Oriente a la pesca de información a la
que pudieran acceder. Y, por supuesto, la información proporcionada a un periodista casi
inmediatamente está al alcance de todos los periodistas.
La realidad es que no se puede controlar el flujo de la información en
la Era de la Información. Lo que se puede y se debe hacer es diseñar una arquitectura
nueva que utilice el espacio cibernético y la revolución de la información para asistir
en la continuación de la guerra. Esta necesidad no implica mentir -una solución a corto
plazo para un problema táctico que tiene pocos beneficios estratégicos a largo plazo.
Pero sí puede implicar la manipulación de la información para poder controlar la
concentración y el flujo de datos.
Durante la Guerra del Golfo tanto la CIA como el MIS británico
realizaron una campaña activa de desinformación que apuntaba específicamente a la
prensa árabe, de manera tal que aparecían artículos que perjudicaban a Saddam Hussein y
a la causa iraquí. Pero en Inglaterra y en Estados Unidos los organismos de inteligencia
tenían más cuidado en no intentar manipular o engañar a sus medios internos.
Ahora existen técnicas y tácticas que permiten que las fuerzas
aliadas controlen los medios de difusión del enemigo y desempeñen un papel importante en
el control de los medios impresos. Esta es una ventaja valiosa que mejora lo que antes era
propaganda en una parte importante de la ecuación estratégica y táctica. En el futuro,
cada comandante de fuerzas debe contar con una gran variedad de herramientas a fin de
poder planear, sabiendo que, como mínimo, la moral del enemigo va a ser frágil.
Ganar la campaña de corazones y mentes en el país o en los países
aliados es una perspectiva más difícil. En parte, esto sólo se puede lograr por medio
de informes abiertos, pero esto sería poco realista una vez que se abre el fuego, y se
comienza a fragmentar la frágil coalición entre medios, políticos y militares que
inicialmente permitiera el despliegue. Tal como descubrieron los británicos en la Guerra
de Malvinas, la prensa, con su impulso por la información y las noticias, y los
militares, con su necesidad de confidencialidad y mantenimiento de la moral, son
competidores naturales y, a menudo, mortales.
Se ha prestado demasiado poca atención al uso de las oportunidades que
presenta el espacio cibernético. En vez de esto, el enfoque se ha centrado en cómo
controlar el flujo de la información, algo que, como bien sabe cualquier periodista
profesional, es imposible. La llegada de los medios electrónicos significa que se puede
producir una inmensa multiplicación de fuerzas insertando la información correcta en el
lugar correcto de la red. Por ejemplo, una imagen de video que está al alcance de cada
noticia de prensa que aparece en cada periódico en Internet y representa con precisión
la posición del gobierno puede ser más valiosa que la presentación convencional de un
informe a la prensa. Sin embargo, en vez de abrazar la tecnología
nueva y las oportunidades que ésta brinda, continúa predominando el razonamiento
convencional sobre librar una guerra y manipular la opinión pública. Este es un
tradicionalismo muy peligroso que no da cabida a las cambiantes percepciones de las
guerras entre los medios y las élites políticas, ni a la proliferación de fuentes de
información imposibles de controlar.
Sin embargo, al contemplar el mundo actual, es difícil encontrar las
cualidades de liderazgo que exige la administración exitosa de crisis. Con esta falta de
resolución, es difícil distinguir el futuro que enfrenta el mantenimiento de la paz. El
Pentágono y todos los demás ministerios de defensa del mundo han estado jugando a la
guerra en la cantidad prácticamente infinita de escenarios que puede producir nuestro
actual mundo inestable. No hay dudas de que los militares pueden cambiar sus tácticas y
capacitar a sus miembros. Sin embargo, ¿qué es lo que persuadirá a esta nueva
generación de líderes de los medios y de la política para que comprendan que la paz
tiene un precio? Me temo que no existen suficientes políticos con valor para pagar el
precio, o suficientes miembros de los medios que respeten decisiones temerarias que pueden
costar vidas. En vez de esto, existe un impulso por soluciones rápidas y fáciles a
problemas complejos, y si esas soluciones fáciles no funcionan, entonces aparentemente no
hay voluntad para encontrar las respuestas verdaderas. |