Douglas H. Dearth
Las discusiones y la producción literaria sobre la Guerra de Información y las
Operaciones de Información generalmente orientan sus pasos hacia la atención con
respecto a la tecnología -especialmente la tecnología de la información: el conjunto de
accesorios de la computación y las comunicaciones. Este énfasis es natural, pero merece
el tiempo y el esfuerzo necesarios para que los profesionales de la seguridad nacional lo
consideren como una importante herramienta de la política, la diplomacia y la guerra que
-aunque frecuentemente depende de la tecnología- se basa fundamentalmente en el arte. Ese
tema es la Decepción en todas sus manifestaciones con el fin de lograr las metas
políticas propias y hacer que la voluntad propia funcione con respecto al adversario.
Debe preocuparnos el hecho de que la decepción actualmente no parece ocupar un lugar
suficientemente sólido en la taxonomía de las Operaciones de Información y la Guerra de
Información. Hubo un punto en el que -doctrinariamente- la Decepción era uno de los
cinco pilares de la Guerra de Comando y Control, y luego la C2W llegó a ser considerada
como la dimensión táctica de la IW. Sin embargo, la decepción no es sólo una
herramienta táctica. En su límite más eficaz, es decididamente un valor activo, con
aspectos operativos y tácticos. Algo similar ocurre con las Operaciones Psicológicas.
Este dilema doctrinario todavía debe resolverse.
La Decepción es, por supuesto, un arte antiguo. Los ejemplos se encuentran en la Biblia y
en todos los anales de la guerra y el conflicto humano, directamente hasta nuestra propia
época. La tecnología siempre ha desempeñado un rol -desde el caballo de Troya, hasta
los legendarios programas de la Segunda Guerra Mundial, hasta la Operación Tormenta del
Desierto.
Es interesante destacar, con respecto a la Decepción en el debate actual sobre las
Operaciones de Información y la Guerra de Información, que la necesidad del arte no se
pierde en medio del clamor de soluciones tecnológicas para los desafíos. Las grandes
potencias Occidentales poseen la selección más fina de armas que los conocimientos de la
tecnología y tecnológicos alguna vez hayan reunido con fines militares en la historia de
la humanidad. Nuestros soldados se encuentran entre los más informados y
tecnológicamente competentes que el mundo jamás haya visto. Sin embargo, el mismo
término "digitalización del campo de batalla", según lo utiliza el Ejército
de Estados Unidos, es el más preocupante.
La idea fundamental encerrada en este término -como se lo entiende generalmente- es
otorgarle al soldado todo el equipo electrónico y digital necesario para proporcionar la
capacidad para el "conocimiento dominante del campo de batalla" y la
"conciencia dominante del campo de batalla". Estas son metas plausibles y
capacidades necesarias; sin embargo, son necesarias pero no suficientes para el éxito en
el moderno campo de conflicto.
Debemos compartir el deseo de los aficionados a la Guerra de Información de sacar a los
pensadores y profesionales militares convencionales de su fascinación con la guerra
cinética. Todos conocemos el demasiado elaborado axioma de Sun Tzu: "Porque ganar
cien victorias en cien batallas no es el súmmum de la habilidad. Dominar al enemigo sin
luchar es el súmmum de la habilidad."
La decepción estratégica -y sus derivados operativos y tácticos- potencialmente nos
permite hacer algo muy similar a esto, vale decir, prevalecer -por no decir sin luchar- al
menos con un costo reducido de sangre, tesoros e imagen. Es útil recordar que gran parte
del impulso hacia la decepción estratégica en los pasados malos días de la Primera
Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial fue el bien fundado sentimiento de los Aliados
de debilidad y vulnerabilidad -en resumen, un sentimiento de desesperación. ¿Nos
sentiremos, en estos días de superioridad Occidental sin precedentes lo suficientemente
inseguros como para pensar en la decepción? Nuestra preocupación con respecto a la
política pública aparentemente patológica por las bajas aún mínimas podría servir
como un estímulo, pero no queda claro que esto hará mucho más que alentarnos a pensar
sobre la Decepción como cierta clase de "bala de plata" que eliminará el
riesgo. Más allá de esto, a menudo falta en nuestros cálculos el impulso para utilizar
la astucia. Lo que sigue trata de recordar algunas de las partes tecnológicamente
sofisticadas del arte que nos permite potenciar al máximo la maravilla de la
electrónica.
Aunque los viejos ejemplos de la Decepción son interesantes y útiles para el estudio,
algunos ejemplos más recientes de la decepción estratégica son especialmente útiles en
los contextos tanto defensivos como ofensivos. Producen algunos principios fundamentales
de la Decepción que han informado estos éxitos -y en algunos casos han sido derivados
del fracaso.
El propósito básico -se podría decir el único- de las operaciones de decepción es el
logro de la sorpresa. La sorpresa es importante en los asuntos de seguridad en tres
aspectos: político (o diplomático), tecnológico y militar. En este sentido, se podría
de manera provechosa y beneficiosa confiar en el trabajo de Michael Handel para una ayuda
con respecto a la definición.
En el caso de la sorpresa política -"cambios fundamentales e inesperados en la
dirección de la política estratégica"- el propósito del shock es diferente con
respecto a otros casos. El shock es meramente un subproducto necesario del secreto. El
resultado puede ser una situación de victoria-victoria para ambas partes, ya que la
decepción es una empresa colaboradora, una diseñada para superar las arraigadas
políticas, ideologías y la desconfianza. Los ejemplos modernos incluyen: el Pacto
Ruso-Alemán de 1939, la apertura de Nixon con respecto a China en 1971, el viaje de Sadat
a Jerusalén en 1977, y el acuerdo Israelí-Palestino en 1993.
La sorpresa tecnológica es "la ventaja unilateral obtenida por la introducción de
un arma nueva (o el uso de un arma conocida de una manera innovadora)
contra un
adversario que no tiene conocimiento de su existencia o no está preparado para responder
con medidas eficaces
" Los ejemplos de la Segunda Guerra Mundial incluyen
innovaciones británicas como el radar, la interrupción de códigos, las miras de
bombarderos y los soportes para la navegación, cuya ventaja duró dos años. Los misiles
alemanes V1 y V2 proporcionaron ventajas similares durante un corto período de tiempo. En
el caso de la sorpresa tecnológica, Handel destaca que el tiempo es el factor clave
-tiempo para la recuperación, porque es probable que el impacto sea más bien efímero en
algunos casos, especialmente a nivel táctico. Los ejemplos de la ventaja táctica
efímera incluyen la introducción por parte de los alemanes de los ataques con
planeadores y paracaídas a principios de la guerra. Esta idea de ventaja efímera es
especialmente importante para las Operaciones y la Guerra de Información, dada la notable
velocidad a la cual se desarrollan las innovaciones y las medidas para contrarrestarlas.
La sorpresa militar es "un ataque exitoso no anticipado (para) facilitar la
destrucción de una parte considerable de las fuerzas del enemigo con un costo menor para
el agresor desequilibrando psicológicamente a la defensa inherentemente más fuerte y
reduciendo, por lo tanto, temporariamente su resistencia. La sorpresa militar, apoyada por
la Decepción, puede ser utilizada para diferentes propósitos: como una táctica de
apertura en la guerra -como los primeros ataques alemanes en los Frentes Orientales y
Occidentales, o el ataque japonés a Pearl Harbor, o el ataque egipcio a través del Canal
de Suez; para cambiar el centro operativo -como las iniciativas de los Aliados en el
Noroeste de Africa, Sicilia o Normandía; o en la búsqueda de la victoria culminante
-como lo ejemplifican los Aterrizajes Inchon en Corea o la Ofensiva Tet en Vietnam. Aunque
Inchon y Tet no lograron sus supuestos resultados de corto alcance, ambas remodelaron en
forma significativa los conflictos de Corea y Vietnam. En todos los casos, la sorpresa
militar está diseñada para desequilibrar psicológicamente al enemigo en un momento y
lugar críticos. La Decepción ayuda tergiversando o distorsionando la realidad.
Debemos recordar las advertencias de Katherine Herbig y Don Daniel con respecto a los
criterios para una decepción exitosa. El punto es una ventaja procesable. Además, Herbig
y Daniel destacan que los canales para representar la "historia" de la
decepción son fundamentalmente los medios de recopilación de información del
adversario. Lo que es crítico recordar es que la decepción requiere el uso y la
corrupción de la recopilación y evaluación de la información del enemigo, no la
destrucción de sus bienes técnicos o la neutralización de sus recursos humanos o de
otra índole. Además, es importante recordar que la vasta proliferación de canales de
comunicación y de recopilación de información, como la televisión global orientada
hacia una posición conveniente o Internet o la Web Mundial, proporciona los medios para
incrementar los medios de la Decepción, tanto a favor como en contra de nuestros
intereses.
La relación entre la Decepción y la Guerra de Información y las Operaciones de
Información es el componente psicológico, algo que hemos entendido académicamente desde
la publicación del estudio de 1961 de Robert Wohlstetter del ataque a Pearl Harbor. Esta
es la razón por la cual no debemos cegarnos por la deslumbrante brujería tecnológica
que se ofrece en la actualidad. Más bien, nuestra atención debe estar orientada hacia el
análisis de los "factores humanos" como estructuras y procesos para la toma de
decisiones extranjeras, como así también hacia las evaluaciones biográficas y
psicológicas de los líderes, siendo todas sustentadas por una sólida apreciación y una
capacidad para la inteligencia cultural en los adversarios actuales y potenciales, y otros
infieles internacionales. A pesar de la creciente capacidad para la supervisión y la
generación del conocimiento y la conciencia de la situación, lo más importante es la
incertidumbre, la percepción humana y la imperfecta naturaleza de la toma de decisiones.
La cuestión es que nos engañamos a nosotros mismos. Los impostores sólo pueden ayudar y
tener esperanza. Los problemas dependen de los conceptos de las señales y el ruido. La
misma definición de la Guerra de Información requiere potenciar al máximo la relación
señales con ruido para nosotros mismos, mientras imponemos la situación opuesta al
adversario.
Esa es la razón por la cual el trabajo de Barton Whaley es tan tremendamente importante,
porque nos ha hecho recordar que el mundo de la magia en gran parte guarda relación con y
es útil para las ideas a través del potencial para la decepción. La terminología de la
Decepción se saca directamente de la del mago. Estos términos capturan en forma vívida
la manera en que la seguridad operativa y la decepción operativa cuajan:
· Simulando -o mostrando lo falso, mediante la imitación, invención y apartando la
atención de lo real;
· Disimulando -u ocultando lo real, mediante el encubrimiento, la alteración, y
produciendo confusión con respecto a lo que en verdad es real.
Debe ser inmediatamente aparente que la creciente naturaleza tecnológica de la
recopilación, el análisis y la divulgación de la información hace que la Decepción
sea una socia natural de la Guerra de Información. La capacidad técnica para el disimulo
nunca ha sido superior, y por lo tanto las posibilidades para la decepción se
intensifican mucho.
Esta situación pudo haber sido el producto de una combinación de tres factores: la
fascinación con las armas nucleares, la desmesurada creencia en el paradigma de la
Segunda Guerra Mundial de que la producción industrial masiva ganaría las guerras, y la
naturaleza esencialmente defensiva de la estrategia de la Guerra Fría. No había ninguna
doctrina de la decepción para aprobar estas lecciones.
Sin embargo, podemos estar al borde -paradójicamente- de tener demasiada doctrina. El
último punto, por supuesto, es muy discutible; sin embargo, podríamos preguntarnos si el
generalmente excelente alcance militar de la revolución tecnológica actualmente en curso
entre las clases militares occidentales podría inhibir la comprensión de la necesidad de
la imaginación y el arte. Este es el precio que podríamos pagar por la
profesionalización militar. En el caso de la Decepción, como con su socia, las
Operaciones Psicológicas, los principios generales son la única doctrina necesaria, no
el proceso y la mecánica memorizados.
Permítasenos recapitular en forma breve los aspectos no convencionales y no técnicos de
lo que Whaley denominó el "hilo delgado de la transmisión" del pensamiento
sobre la decepción en este siglo entre los Aliados Occidentales.
Podríamos comenzar en forma provechosa con el Coronel G. F. R. Henderson, Ejército
Británico. A fines del siglo XIX, Henderson era uno de los principales pensadores
militares de su época. Su estudio de la historia militar, principalmente la Guerra Civil
de Estados Unidos -y especialmente las hazañas de las campañas de Shenandoah Valley del
Confederado General J. E. B. Stuart cuarenta años antes, inspiró a Henderson para
desarrollar una teoría coherente de la decepción militar. Henderson tuvo la buena suerte
de poder probar sus teorías como funcionario de inteligencia para Lord Roberts en la
Guerra Boer.
Presentes en esta creación estuvieron -por casualidad- un comandante llamado Edmund
Allenby y un teniente aún más joven llamado Archibald Wavell. Casi 20 años más tarde,
Allenby se encontró como comandante superior en el Medio Oriente, enviado por el Primer
Ministro Lloyd George en 1917 para crear un movimiento de flanco estratégico en ese lugar
con el fin de quebrar una paralización en el Frente Occidental. Allenby fue receptivo con
respecto a las sugerencias de dos oficiales superiores -el General Sir Philip Chetwode y
el Brigadier Guy Dawnay- relacionadas con la manera en que debía hacerse un tercer ataque
a las defensas turcas y alemanas antes de Gaza, después de dos desastrosos intentos
previos por parte del antecesor de Allenby, el General Murray. El plan de decepción
propuesto por Chetwode y Dawnay en 1917 para atacar el oasis del desierto interior de
Beersheva, envolviendo y pasando, por lo tanto, por Gaza abrió el camino hacia Palestina
y la captura de Jerusalén. Este movimiento fue esencialmente reproducido por Allenby en
Har Megiddo en 1918, sellando por lo tanto el destino de las fuerzas turco-alemanas en el
Medio Oriente y produciendo los únicos ejemplos reales de guerra de maniobras por parte
de los Aliados en la Guerra.
Durante este tiempo, Allenby tenía como Funcionario de Inteligencia G-2, a un Comandante
Richard Meinertzhagen, quien instrumentó tanto la más nueva inteligencia tecnológica de
SIGINT y las imágenes como los medios de inteligencia tradicionales para apoyar a las
verdaderas fuerzas armadas conjuntas y combinadas. El ahora famoso "Haversack
Ruse" del Comandante Meinertzhagen involucró el suministro de pruebas convincentes,
por parte de diferentes medios hábiles, a los comandantes turco-alemanes, con respecto al
hecho de que Allenby intentaba un tercer ataque frontal a Gaza, mientras en realidad el
movimiento del Cuerpo Montado del Desierto se encontraba oculto durante su desplazamiento
hacia al sur rumbo a Beersheva. Allenby estuvo muy involucrado en la planificación de la
decepción y extrajo mucho de su experiencia con Lord Roberts en la ayuda de Kimberley 20
años antes. Como el legendario T. E. Lawrence observó en sus memorias de los tiempos de
guerra, "Después de las decepciones de Meinertzhagen, que para el general común
sólo eran entremeses ingeniosos antes de la batalla, éstas se convirtieron para Allenby
en un punto principal de estrategia."
Una interesante -e importante y eficaz- nota para esta serie de eventos corresponde a los
intereses personales de los actores clave en este drama. Allenby, por su parte, no era
sólo un soldado profesional. Era también un hábil botánico y ornitólogo aficionado
que completaba las cartas dirigidas a su esposa con observaciones de la fauna y flora
locales de cualquier parte a la que fuera destinado. Además, Meinertzhagen, el
organizador del plan de decepción, era un reconocido ornitólogo de calidad mundial, que
también tenía como parte de su buena fama extensos viajes en Asia Central y una cadena
de éxitos poco convencionales en el Este de Africa contra los alemanes antes de
aventurarse hacia Egipto y Palestina. Dawnay, uno de los autores del plan de decepción,
era un poeta con libros publicados y estudiante de historia griega, y posteriormente un
exitoso hombre de negocios.
También estaba presente Archibald Wavell como observador de la Tercera Batalla de Gaza,
continuando la tarea de crear unidades de inteligencia táctica en Francia, y
posteriormente llegó a ser Jefe del Estado Mayor para el General Chetwode. Continuando la
cadena, Wavell, en los años entre las guerras llegó a ser un reconocido historiador de
la Campaña Palestina y biógrafo oficial de Lord Allenby. Puso en práctica sus ideas
sobre la decepción en ejercicios en las décadas del '20 y del '30. Cuando en 1940 se
encontró al mando del Teatro de Medio Oriente, con fuerzas desplegadas en forma delgada
en cinco frentes separados y con serias dificultades en todos ellos, empezó a trabajar
con otro oficial no convencional: el Teniente Coronel (posteriormente General de Brigada)
Dudley Clarke, un creador de los Comandos Británicos, para establecer la primera célula
formal de planificación y control de la decepción en el ámbito del teatro. La
organización de Dudley Clarke se conoció como "Fuerza A", y el nombre mismo
era una "leyenda" engañosa. Wavell estaba íntimamente involucrado en todos los
aspectos de los esfuerzos de decepción de la "Fuerza A", como lo estuvo su
sucesor, el General Auchinleck, quien en 1942 había adoptado la crítica y conveniente
decisión de trasladar las operaciones de Clarke de la Inteligencia al Personal de
Operaciones.
Es importante destacar que Wavell no era sólo un soldado profesional, sino también un
historiador y biógrafo de mucho talento como así también un poeta con libros
publicados. Como tal, y como Henderson Meinertzhagen y Dawnay antes que él, miraba el
mundo a través de un lente separado y aparte de aquél del soldado profesional. Además,
Wavell y Clarke dependían mucho del talento y la capacidad inusuales del Comandante
Jasper Maskalyne, un mago de talla mundial del período previo a la guerra, para preparar
hazañas tales como el "traslado" del Puerto de Alejandría y la
"desaparición" del Canal de Suez con el fin de evitar la confusión del
bombardeo alemán en este crucial centro de logística. Clarke y Maskalyne dirigieron la
planificación de la decepción que contribuyó a garantizar el éxito de la Segunda
Batalla de Alamein que aseguró la victoria británica y ganó la reputación del General
Montgomery. Mientras tanto, el "Going Map Ruse" para la Batalla de Alum Halfa,
ideado por los planificadores de decepciones del Octavo Ejército, fue una réplica
perfecta del "Haversack Ruse" de Meinertzhagen de 1917 en la Tercera Gaza. El
libro El Mago de la Guerra es un relato informativo, divertido y muy ameno de estas
hazañas.
El éxito de las travesuras de la "Fuerza A" en América del Norte sirvió como
modelo y prototipo para la creación de la Sección de Control de Londres (LCS), que desde
1943 en adelante llegó a controlar las operaciones de decepción en forma global para
todos los teatros de operaciones. Aunque ciertos de los esfuerzos de decepción de los
Aliados durante 1943 no tuvieron un éxito notable, fueron los históricos esfuerzos de la
LCS los que culminaron en los más grandes programas de decepción en tiempo de guerra,
"Plan Bodyguard" y "Operación Fortitude", en apoyo de la Operación
Overlord en 1944. "Bodyguard" y "Fortitude" fueron intentos
increíblemente complejos, que involucraron aproximadamente 36 planes operativos separados
en dos teatros, ofreciendo a los alemanes opciones engañosas de "ambigüedad"
(o una "Clase A") del intento de los Aliados que se extendió desde
Escandinavia, a través del noroeste, occidente y sur de Francia, hasta los Balcanes.
Incluso los rusos fueron involucrados en el intento. La "Operación Skye"
representó a un 4° Ejército británico muy ficticio con base en Ulster y que confiaba
en una capacidad real bastante endeble, y la "Operación Fortitude South"
preparó un "Primer Grupo del Ejército de Estados Unidos" (FUSAG) completamente
falso teóricamente comandado por el General Patton.
Cuando, para principios de 1944, la lógica
militar y la carga de la prueba habían llamado la atención de los alemanes con respecto
a la imposibilidad de impedir un importante desembarco en el noroeste de Francia, la LCS
cambió la táctica a la decepción "engañosa" (o "Tipo M") con el
fin de convencer a Alemania de que su evaluación preferida, un ataque de los Aliados a
Pas de Calais, era más probable que fuera el principal intento con respecto al verdadero
lugar en Normandía. Incluso después de que se produjeron los desembarcos el 6 de junio,
Alemania llegó a creer durante algún tiempo que un posterior intento importante estaba
todavía destinado a Pas de Calais y que Normandía era un divertimento estratégico. A
fines de la guerra, Alemania retenía en Escandinavia y los Balcanes una disposición
considerable de tropas que podrían haber resultado cruciales para la defensa del Muro del
Atlántico o el Frente Oriental; y, por supuesto, Alemania mantuvo una cobertura de
fuerzas acorazadas contra un desembarco en Calais que al final resultó ser fatal para su
posición en Francia después de los desembarcos en Normandía.
Eisenhower, el Comandante en Jefe, se había imbuído del valor de la decepción cuando
era un joven oficial en la década del '20 como protegido del Teniente General Fox Conner,
un principal intelectual de su época y Oficial de Operaciones en tiempo de guerra para el
General Pershing en la Batalla de San Mihiel en 1917, que fue apoyada por una de las pocas
decepciones exitosas en el Frente Occidental. Ike fue editor de las memorias oficiales de
Pershing de la Primera Guerra Mundial, e indudablemente habría tenido conocimiento de la
estratagema de San Mihiel. Pronto se convirtió en un firme partidario de la organización
"Fuerza A" en Africa del Norte en 1942, donde la "Fuerza A" se
transformó en una operación trinacional de los Aliados que llegó a incluir a los
estadounidenses y a los franceses libres. Su cuartel general Avanzado era comandado en
forma conjunta por un británico y un estadounidense, seguramente un acuerdo no
convencional.
Mientras tanto, Winston Churchill como caudillo estratégico, se había familiarizado con
las operaciones de decepción desde su época como Primer Lord del Almirantazgo en la
Primera Guerra Mundial. El fue quien envió a Jasper Maskalyne a Wavell, por
recomendación de su asesor en ciencias, el Profesor Frederick Lindermann, y él fue quien
fomentó el interés de Eisenhower en los secretos de la Cruz Ultra y Doble y la campaña
de decepción estratégica. Churchill, también, fue un pensador no convencional, curioso
e interesado en la tecnología, escritor, biógrafo e historiador de mucho talento, y un
entusiasta -aunque aficionado- pintor al óleo y albañil. Se duda que los diferentes
intentos de decepción operativos y tácticos por parte de los Estados Mayores hubieran
llegado a tanto sin que Churchill estuviera al mando del nivel estratégico.
Muchos de los jefes de la decepción en la Segunda Guerra Mundial tenían antecedentes no
convencionales. El administrador de la decepción de los Aliados en la Sección de Control
de Londres durante el período clave 1943-1945, Coronel John Bevan, fue un banquero
durante los tiempos de paz, aunque había prestado servicios con distinciones como un
joven oficial en el Primera Guerra Mundial. El asistente de Bevan en la LCS era el
Teniente Coronel Sir Ronald Wingate, que era clasicista, un experto lingüista,
experimentado funcionario político y deportista. El Teniente Coronel de la Aviación
Dennis Wheatley era un destacado novelista británico, cuyos temas favoritos eran el
crimen y la magia negra. Harold Mallaby era un millonario fabricante de jabones. Derrick
Morley era financista y naviero. James Arbuttnot estaba en el negocio del té. Edward
Andrade era un científico importante. Sir Reginald Hoare había sido banquero y
diplomático. Además de Dudley Clarke, un próspero abogado en tiempos de paz, en el
Cairo, la LCS estaba representada en Washington por el Teniente Coronel H. M. O'Connor, un
irlandés propietario de caballos de carrera, y el Comandante Michael Bratby, un artista
prominente. En la India en el Sudeste de Asia estaba el Coronel Peter Fleming, un conocido
autor, periodista y ornitólogo.
Los que se encontraban en el nivel de operaciones del Plan Bodyguard eran novelistas,
dramaturgos, periodistas, diseñadores de decorados teatrales, actores, como David Niven,
actores de vodeviles, diseñadores de vestuarios, falsificadores condenados, etc.,
reclutados a la fuerza. El actor estadounidense Douglas Fairbanks, Jr. desempeñó un rol
en la decepción en el Teatro Mediterráneo y en el apoyo a la invasión del sur de
Francia en 1944, y durante muchos años en lo sucesivo dio conferencias sobre el tema como
oficial naval de reserva. Los soldados privados en la unidad de decepción táctica
estadounidense, Cuartel General de la 23° Tropas Especiales, tenían una educación no
convencional similar. Los muy imaginativos planificadores de la LCS tramaron estas
tácticas como "Operación Mincemeat" (Operación Carne Picada) o "El
Hombre que Nunca Fue", en apoyo a los desembarcos en Sicilia, otra repetición de
"Haversack Ruse".
La cuestión en esta historia es que la decepción es, y siempre será, un arte -no una
ciencia. Las operaciones de decepción más exitosas de los Aliados Occidentales se han
producido como resultado de la colaboración de los oficiales militares profesionales con
los intereses no convencionales y los talentos externos, conjuntamente con los aficionados
artísticos y no convencionales. La descripción de un historiador de John Bevan y Ronald
Wingate también podría aplicarse a docenas de otros impostores: "podían extenderse
y ubicar sus ideas en una estructura mucho más amplia que la del burócrata común".
En esta época dominada por la tecnología, un componente clave de la Guerra y las
Operaciones de Información requiere el alistamiento de pensadores y practicantes no
técnicos y no convencionales. Además de la tecnología, el éxito en la guerra y el
conflicto exige el arte y una apreciación del componente psicológico del conflicto
humano. Gran parte de ese talento se encontrará entre los que no son adeptos a lo que no
es militar, lo que no es burocrático y quizás incluso a lo tecnológico.
Los siguientes principios de la decepción estratégica están completamente de acuerdo
con aquéllos de la Guerra de la Información y la Información en el contexto de los
Aliados como actualmente lo entendemos:
Primero: La decepción debe ser una parte integral del plan operativo. Como tal, a menudo
deben dedicarse recursos operativos preciosamente escasos para la ejecución de la
Decepción.
Segundo: La inteligencia -y otras ventajas de apoyo- debe ser introducida por completo en
la perspectiva al principio y estar totalmente informada de las intenciones del
comandante.
Tercero: Toda la inteligencia y otros recursos -tanto tradicionales como tecnológicos-
deben involucrarse de una manera completa, amplia y sinergística.
Cuarto: El secreto es esencial en las operaciones de decepción, a menudo hasta el punto
de engañar a los propios subordinados y formaciones, pero no para excluir cualquier
recurso que de modo verosímil pueda ser útil, y no para la exclusión de las normas
legales nacionales de una persona.
Quinto: La planificación y la ejecución de la decepción deben estar estrechamente
organizadas, sostenidas y dirigidas a la cumbre de la jerarquía de mando. En resumen,
debe ser el plan del comandante y éste debe estar íntimamente involucrado en todas las
fases.
Sexto: La integración y la coherencia completas de todos lo elementos de la decepción
son esenciales. No se puede permitir que ningún elemento de la decepción funcione sin
comprenderse con otro.
Séptimo: La Guerra de coalición no debe presentar obstáculos para la aplicación de la
decepción.
Octavo: El mismo enemigo puede ser engañado en forma repetida, a menudo de las mismas
maneras.
Noveno: El tiempo es un requisito esencial. La planificación y las operaciones de
decepción no pueden ejecutarse con prisa. ¡Paciencia! Estamos especialmente aptos para
violar este principio en esta era de retroacción y gratificación instantáneas.
Décimo: Las posibilidades para la decepción sólo están limitadas por los límites de
la imaginación humana. La manera no convencional es la clave.
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