A primera vista parece tan sencillo. Tan poco violento. Tan intangible. Y luego uno se
pone a pensar sobre ello: la Guerra de Información.
A fines de la década del '80, los militares estadounidenses comenzaron
a pensar sobre un nuevo tipo de guerra. Además de las consideraciones operativas,
también existía interés en el método estratégico que garantizara el respaldo del
pueblo estadounidense para los despliegues militares. Un tipo de guerra nueva y mejor,
más aceptable para la familia de cuatro miembros que mira las noticias mientras cena. Las
imágenes de la era de Vietnam de las noticias de las seis de la tarde mostraban
gráficamente soldados muertos -los nuestros y los de ellos- niños -suyos- quemados por
los ataques de napalm. Estas imágenes no encajaban prolíjamente con la imagen
estadounidense deseada. Como país, no nos sentimos cómodos al vernos como proveedores de
violencia aleatoria.
Los medios han ejercido una gran influencia sobre la manera en que
miramos la guerra y, con la llegada de comunicaciones remotas instantáneas "en
cualquier lugar, en cualquier momento", nuestros soldados ya no están a miles de
millas de distancia luchando por los intereses nacionales de Estados Unidos. En la
actualidad, ellos combaten en tiempo real, en nuestros comedores, donde no sólo nosotros
sino todo el mundo miramos y juzgamos sus acciones.
Consideremos la participación de las tropas estadounidenses en
Somalia. Las transmisiones de los medios sobre condiciones horrorosas, caos medieval y
tragedias civiles crearon una oleada de respaldo para que Estados Unidos "hiciera
algo" por ayudar a una población indefensa. Por lo tanto desembarcamos en las costas
de Africa Oriental en una misión para el mantenimiento de la paz; sin embargo,
extrañamente, los medios llegaron a la escena antes que las tropas. Atrincherados en las
calurosas cabezas de playa con sus cámaras y micrófonos resonantes, los medios llenaron
los canales de difusión con transmisiones en vivo de SEAL e Infantes de Marina en pleno
desembarco. Y luego las tropas se pusieron a trabajar, en un intento por imponer cierto
tipo de orden a un país con graves problemas.
Luego nuestra salida de Somalia fue tan catártica como nuestra
llegada. Los videos a todo color de soldados somalíes arrastrando a un soldado
estadounidense por las calles fueron demasiado para que lo pudieran digerir muchos
estadounidenses. Casi de inmediato, se desvaneció el respaldo a la intervención
estadounidense y nos retiramos.
En base a las conversaciones mantenidas con, y al conocimiento de,
cientos de militares durante estos últimos cinco años, considero que una nueva raza de
soldados -un soldado posterior a la Segunda Guerra Mundial- está teniendo éxito. Somos
servidos por líderes militares que están a cargo de defender nuestro país, pero que son
profundamente conscientes de que estamos viviendo en un nuevo mundo. Entienden que la
proyección típica de poder de combate debe ser manejada de manera tal que no sólo tenga
sentido desde el punto de vista militar, sino que tampoco viole las conciencias
políticas, sociales y éticas que deben respaldarlos.
Considero que los militares estadounidenses realmente desean ser una
fuerza de combate más "amable y caballerosa". Intrínsecamente, hemos logrado
lo que se podría denominar una "mayor conciencia". Tenemos un deseo fundamental
de ganarle al malo, pero queremos hacerlo con honestidad, rapidez, eficiencia y con un
derramamiento de sangre mínimo. Por lo que he visto y aprendido como civil, se están
realizando todos los esfuerzos a fin de crear formas para que Estados Unidos libre una
"guerra limpia".
Como parte del método para lograr dicho objetivo, los militares han
estado desarrollando distintas tecnologías que encajan en la categoría "no
letal". Espuma pegajosa que, cuando se dispara desde un "cañón"
portátil, envuelve al enemigo en una telaraña de sustancias viscosas inevitables.
Cañones sónicos que incapacitan a las fuerzas adversarias. Emanaciones
electromagnéticas que destrozan los nervios y paralizan efectivamente la capacidad de
funcionamiento del enemigo. Armas de Impulsos Electromagnéticos, Bombas de Impulsos
Electromagnéticos y armas HERF que debilitan o destruyen los sistemas electrónicos de
computadoras, comunicaciones, satélites o sistemas de energía. De todos los métodos
"no letales" desarrollados, ninguno atrajo tanto la atención como la Guerra de
Información.
La primera definición que propuse para la Guerra de Información en
1993 era de un conflicto donde "la información y los sistemas de información
actúan como las armas y como los blancos". En aquel entonces, las definiciones
militares vigentes de la Guerra de Información eran confidenciales, pero algunas
versiones son parecidas a la que yo presenté. En la actualidad, la definición activa de
la Guerra de Información del Pentágono se ha expandido a fin de incluir los conceptos
"denegar, destruir o interceptar las computadoras, redes o comunicaciones del
adversario, en tanto que protegemos las propias".
Los demás criterios que he utilizado para describir la Guerra de
Información es "la ausencia definitiva de bombas, balas u otras herramientas
convencionales de destrucción física". Pensar en esto de una manera centrada,
concentrándonos exclusivamente en el dominio virtual, o cuarta dimensión de la guerra,
alisa el procedimiento de solución de problemas y genera nuevos paradigmas de
pensamiento.
En este modelo de Guerra de Información (Pura), se presentan muchas
opciones que no existían con tanta facilidad en los conflictos convencionales. En
términos simples, si nosotros (o alguien más) vuela con un avión en el espacio aéreo
de un estado soberano y arroja una carga de bombas, existen oportunidades razonables de
que dicho acto sea considerado un "acto de guerra". Sin embargo, debemos
observar que Estados Unidos no ha estado en guerra "oficialmente" con nadie
desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo que complica aún más las líneas entre
guerra/no guerra. (Digo esto con pleno reconocimiento y respeto por los soldados y las
familias que sufrieron durante este último medio siglo de conflictos en
"guerras" no declaradas).
Consideremos que aproximadamente durante la última década, distintos
"derribamientos" internacionales -supuestamente no provocados- no desencadenaron
la guerra: el derribamiento soviético de un KAL 007; los misiles estadounidenses que
destruyeron un avión de línea civil iraní; la reciente intercepción fatal cubana de un
avión privado en el Caribe. Luego tengamos en cuenta que en 1986, los aviones de guerra
estadounidenses asolaron el centro de Trípoli, y no vimos ninguna respuesta militar.
La conclusión que hemos llegado a aceptar, quizás de una manera un
tanto altiva, es que militarmente somos los Reyes de la Colina: Somos los muchachotes de
la cuadra, y no nos desafíen si no quieren saber lo que es bueno para ustedes. De este
modo, podríamos decir, hemos visto un incremento en los acontecimientos tipo terrorista,
auspiciados por el estado, por parte de elementos extranjeros. No nos pueden derrotar en
un combate "limpio", y por ello recurren al terrorismo.
Ahora, con la llegada de la Guerra de Información como una opción
cada vez más viable al conflicto armado convencional, deberíamos examinar interiormente
aquellas cuestiones que - eventualmente- deberemos enfrentar abiertamente, llegar a un
acuerdo y, si me permiten expresar mi opinión, anunciar claramente nuestra política e
intenciones ante el mundo.
La Guerra de Información Pura tiene muchas formas, y sólo me ocuparé
de las Guerras de Información Clase II y Clase III tal como detallo en mi "Guerra de
Información: Caos en la Superautopista de la Información".
Capacidades ofensivas
Olvidemos por un momento los aspectos defensivos, ¿qué tenemos en
nuestro arsenal que permitiría a Estados Unidos librar una Guerra de Información contra
una organización adversaria, ya sea militar u otra organización oficial, sancionada por
el gobierno? En resumen, estos incluyen:
1. Software ofensivo: virus, caballos troyanos, sistemas importados
incrustados u otros programas maliciosos.
2. "Olfatear" las comunicaciones de redes y
telecomunicaciones civiles y militares (nacionales) extranjeras.
3. Escuchas furtivas tormentosas con dispositivos electrónicos con
emisiones características.
4. "Picadores": programas maliciosos basados en equipos
incrustados clandestinamente en los sistemas.
5. Armas de energía dirigida que inhabilitan o destruyen sistemas
electrónicos.
6. Una gama completa de capacidades PSYOP.
Utilizadas en distintas combinaciones, desplegadas en una fuerza armada
con voluntad política, estas "armas" tienen la capacidad potencial de mejorar
muchos de nuestros medios convencionales para conflictos militares.
Pero, ¿deberíamos utilizarlas, aunque no sea en época de
"guerra" (por ejemplo, en el Conflicto del Golfo) o como un accesorio en
conflictos convencionales? ¿Las armas de la Guerra de Información pueden mantenerse
independientes como medios para proyectar fuerza? Este es el dilema ético que enfrentamos
en la actualidad. ¿Es éticamente correcto que Estados Unidos defienda sus intereses de
seguridad económica recurriendo a las mismas tácticas que se utilizan contra nosotros?
No hace falta decir que Estados Unidos es un blanco sumamente visible y
rico para el robo de propiedad intelectual desde el sector privado, y en menor grado,
desde el sector militar. Tenemos el mecanismo de espionaje más sofisticado del mundo, por
la cantidad de U$S 30 millardos anuales; sin embargo, hasta la fecha, estas inmensas
capacidades han sido relegadas a tácticas de la Guerra Fría y al proteccionismo militar.
¿Debemos redirigir nuestras "miradas y oídos" hacia los
tesoros económicos e industriales tanto de nuestros amigos como de nuestros adversarios,
no con la intención primordial de ventaja militar, sino más bien de supremacía
económica mundial? Sabemos muy bien que en menos de dos décadas, a menos que se adopten
medidas radicales, Estados Unidos tendrá el segundo o tercer lugar en poderío nacional
económico mundial. ¿No deberíamos usar las mismas técnicas y tácticas que nuestros
competidores?
¿Encontramos que éticamente es desagradable leer el "correo de
otras personas"? ¿Por qué no? Ellos lo hacen con nosotros. Por otra parte, ¿qué
opciones tenemos?
¿Quizás existe una posición intermedia donde, en tanto que podamos
optar por escuchar a nuestros competidores, no haremos nada encubierto o activo para
interrumpir sus operaciones o interferir con dichas transmisiones? ¿Es esa una línea
ética que no podemos atravesar? ¿O nos encontramos en la posición de que debemos
utilizar métodos clandestinos y encubiertos para mantener un "campo de juego
parejo" de competitividad mundial? Quizás deberíamos utilizar técnicas
mercenarias, que no estén afiliadas oficialmente al gobierno estadounidense, que afecten
nuestra voluntad a distancia, de manera invisible y con negación. Quizás.
La capacidad existe claramente. Algunas empresas supuestamente
participan en dichas misiones por sus propios intereses; pero, si son descubiertas,
¿Estados Unidos enjuiciará a dichas personas y organizaciones que -en definitiva- están
operando para beneficia a nuestro país?
La manera en que respondamos a estas consideraciones éticas y las
decisiones que adoptemos determinarán el tono para las futuras generaciones de
estadounidenses.
Otra opción que enfrentamos, una que también crea un dilema ético,
es si deberíamos utilizar los controles de exportación como medios de Defensa Proactiva
de Guerra de Información.
Estados Unidos cuenta con la capacidad de exportar tecnología,
aparentemente para beneficio del comprador y del vendedor. Sin embargo, al utilizar
técnicas de programas y equipos de avanzada, también podemos exportar bienes que pueden
ser utilizados efectivamente como "armas" si surge la necesidad. A principios de
la década del '70, según algunas fuentes, cuando AT&T vendió un conmutador
telefónico nacional a Polonia (en aquel entonces un país miembro del Pacto de Varsovia),
se pidió a la empresa que incluyera "piezas" que permitieran a Estados Unidos
interrumpir los servicios a distancia de la infraestructura de comunicaciones de ese
país. La idea era que, en caso de producirse un ataque soviético, pudiéramos ralentar e
incluso obstruir las actividades hostiles. Otras fuentes confidenciales han declarado que
hemos desarrollado capacidades similares contra las computadoras militares 360/370 de
Corea del Norte.
Sin embargo, la cuestión que se plantea es si nosotros, como
política, deberíamos explotar esta capacidad de utilizar un software
"infectado" o malicioso, o mediante la instalación de microcircuitos
modificados cuya carga útil puede ser activada por Estados Unidos cuando éste lo
considere adecuado. En un mundo de competencia mundial, y a medida que convergen los
intereses militares, económicos y civiles nacionales, ¿cómo trazamos una división
entre las acciones que se deben adoptar y aquellas de las que nos debemos abstener?
Daños colaterales
Les planteo esta situación hipotética para su consideración: Estados
Unidos está participando en un conflicto armado con un adversario reconocido, y contamos
con el respaldo de nuestros aliados importantes y de la mayoría de la población. La CNN
y los servicios mundiales de noticias tienen un acceso como mínimo tan abierto como en la
Guerra del Golfo. Para poder lograr objetivos tácticos muy específicos, los comandantes
de campo enfrentan una elección:
1. Pueden elegir una bomba inteligente muy sofisticada (explosivo
convencional), que seguramente caerá sobre el blanco exacto designado, y casi con certeza
matará a una docena de civiles inocentes - cuyas muertes se transmitirán a todo el mundo
prácticamente en tiempo real.
2. Pueden elegir utilizar un arma no letal (de cualquier tipo - en este
caso no tiene importancia) que tendrá el mismo efecto táctico que la primera opción.
Sin embargo, no habrá muertos civiles para grabar en video inmediatamente. En vez de
esto, los planificadores calculan entre 100-200 muertes civiles colaterales en dos semanas
como consecuencia del ataque no letal. ¿Qué haremos?
Este es el punto fundamental del dilema ético que enfrentamos, para el
uso de armas no letales no existe manera en que no se produzcan muertes, a corto o a largo
plazo. "No letal" en general hace referencia al recuento inmediato de víctimas
del uso del arma y a la cantidad inmediata de lesiones físicas que produce.
Y para complicar aún más la cuestión está el hecho de que la Guerra
de Información ofrece oportunidades adicionales además del conflicto estricto, haya
guerra o no. Las técnicas y las capacidades ofensivas de la Guerra de Información se
pueden considerar parte de nuestro arsenal para:
-Otras operaciones que no sean de guerra
-Preludios al conflicto
-Alternativas al conflicto
-Sanciones
-Posición intermedia entre diplomacia y guerra (conflicto)
Un par de ejemplos hipotéticos debería bastar:
1. El País "A" se está portando mal, y la comunidad
internacional acuerda que se deben adoptar medidas para llamarlo al orden. Una opción
posible consiste en negarle acceso a las comunicaciones internacionales y/o al comercio
financiero internacional. Por medio del uso de ataques de congestionamiento, de negativa
de servicios, y de otros métodos mixtos, el País "A" es aislado
electrónicamente del resto del mundo. En consecuencia, la economía doméstica sufre, y
se ven y sienten diversos efectos sociales, quizás incluso hambruna, incapacidad de
atender personas enfermas, etc. Si la única otra alternativa es el conflicto
convencional, que garantizaría una carnicería civil de gran perfil, ¿la Guerra de
Información es una opción aceptable para que adoptemos junto a nuestros aliados? (Tuve
la oportunidad de diseñar para el gobierno distintos escenarios hipotéticos ECO-D
(Desactivación Económica) que analizan dichas opciones. Las ramificaciones pueden ser
asombrosas y poco evidentes).
Entonces tenemos que considerar si todos los "ataques" contra
el País "A" son conducidos desde el exterior de sus límites soberanos
físicos, o si algunos se libran desde dentro de sus fronteras físicas. ¿Esto tiene
alguna diferencia ética (o legal) con respecto a que adoptemos dichas acciones o no lo
hagamos?).
2. El País "A" o un actor no estatal -tal como una
organización terrorista trasnacional- bombardea o destruye o daña gravemente un símbolo
nacional tal como la Estatua de la Libertad. Considero que algo seguro sería una fuerte
represalia. Sin embargo, si se bombardeara un estadio deportivo o un blanco menos sensible
con escasa o ninguna pérdida de vida, nuestra voluntad nacional no se vería tan
fuertemente desafiada y por lo tanto nuestra respuesta podría no ser tan aguda. ¿Y que
sucedería si el atacante de alguna manera drenara la base de activos de Citibank - en una
cantidad de unos cientos de millardos de dólares? ¿Qué haremos, si es que hacemos algo?
Como nación debemos decidir si nuestra economía y el sector civil, generador de riqueza,
son valores nacionales que merecen protección.
Si la represalia es contra un perpetrador que es un estado nacional,
eso estaría incluido en el derecho internacional. Sin embargo, si atacamos a un actor no
estatal dentro de las fronteras de un estado soberano, el cálculo de decisiones es
totalmente distinto, especialmente si nuestras acciones afectan negativamente los
intereses de dicho estado. Los bombardeos físicos son una cosa, pero los ataques
electrónicos terroristas se podrían lograr sin el mismo tipo de culpabilidad para el
país anfitrión.
Los ataques de negativa de servicio ofrecen mucho más poder al estado
nacional habilitado por la Guerra de Información. En la sociedad de información
integrada de la actualidad, los blancos de dichos ataques (con un blanco convenientemente
vulnerable) tornan confusa la división entre militares y civiles, a medida que se produce
una creciente convergencia entre los mismos.
Por lo tanto, ¿un ataque de Guerra de Información contra una usina
eléctrica que atiende a un blanco militar es aceptable, si sabemos que la misma fuente de
energía también es la línea vital de transmisión para una población civil? O, es
política y socialmente aceptable evitar la carnicería visual que atrapa los titulares y
que podría ser provocada por un ataque militar, y en cambio preferimos permitir daños
colaterales invisibles (aunque quizás mayores en función de víctimas a largo plazo).
Los planificadores políticos y militares tendrán que llegar a un
arreglo con respecto a estas funciones fundamentales a medida que nos adentremos en la
cuarta dimensión de la guerra - Guerra Cibernética o de Información Pura- pero también
debemos ser totalmente conscientes de las ramificaciones de dichas medidas.
Supongamos que Estados Unidos inicia un ataque ofensivo de negativa de
servicio basado en sanciones contra un estado nacional blanco. O, con más complejidad
aún, que lanzamos una ofensiva de Guerra de Información contra una entidad no estatal,
cuya ubicación física se encuentra dentro de las fronteras físicas de un estado
nacional.
Aunque todavía no se define la política estadounidense con respecto a
qué es lo que constituye un "acto de guerra" contra nosotros, debemos
considerar cómo el blanco -y la comunidad internacional- observarán dicha acción
ofensiva por nuestra parte. La percepción es el nombre del juego; especialmente con un
público mundial que nos observa. ¿El blanco reaccionará como si Estados Unidos, de
hecho, hubiera declarado la guerra no obstante la ausencia de acción militar? ¿A su vez
el blanco reaccionará de manera ofensiva contra los intereses de Estados Unidos,
utilizando armas convencionales y no convencionales de la Guerra de Información? ¿Cuál
será nuestra respuesta?
Este tema merece preguntarse: ¿Es la Guerra de Información un paso
potencial que puede escalar a un conflicto militar que en principio se intentó evitar?,
¿O la Guerra de Información significa solamente cuestiones éticas, puesto que ningún
país con un gobierno sano nos atacaría militarmente?
La definición de Guerra en esta nueva era de redes globales, comercio
trasnacional y creciente confusión de fronteras es discutible en el mejor de los casos -y
la búsqueda de una definición genera un debate esencial para el futuro de la paz. En el
centro de toda perspectiva de guerra de un estado nacional debería existir una Política
de Información Nacional que esboce claramente los valores intangibles, las posiciones
éticas, la seguridad nacional y los umbrales que otros estados nacionales no deben
traspasar. Pero, además, dicha opinión de política debe incluir opciones para tratar
con renegados, terroristas, empresas o individuos que provoquen a la comunidad
internacional fuera del control de sus estados nacionales anfitriones físicos. ¿Podremos
o deberíamos responder ante un ataque empresarial trasnacional contra importantes
intereses estadounidenses adoptando medidas contra dicha entidad -aún cuando físicamente
residiera dentro de un estado soberano? ¿O podemos responder con tácticas de Guerra de
Información Pura, con la esperanza de evitar una desagradable situación internacional?
Entonces, ¿cómo evitamos el "efecto dominó" que probablemente crearía un
ataque a la infraestructura civil?
Muchos sostendrían que un Acto de Guerra implícitamente implica
víctimas. Ya no creo que ese sea el caso, y de esta manera se destaca el dilema ético
acerca de qué es exactamente un Acto de Guerra. ¿Qué es una respuesta moderada a un
acto de "agresión cibernética" contra nuestros intereses? Si Estados Unidos es
alcanzado por un arma no letal o de la Guerra de Información, ¿cómo deberíamos
responder? Nuestras opciones son muy amplias en la actualidad, y aumentarán en tanto
nuestros arsenales sean más sofisticados y complejos. Además, a medida que las naciones
del Tercer Mundo se "conectan" a las Infraestructura de Información Global,
ellas, también, encontrarán la vulnerabilidad comprobable que todavía no tienen -y se
convertirán en un blanco más factible para la respuesta estadounidense.
No hay respuestas inmediatas que sean correctas o erróneas, pero las
preguntas y los dilemas éticos engendran más preguntas y dilemas al proyectarnos hacia
el futuro de la guerra. Mi deseo más sincero es que este tipo de pensamiento y
evaluación nos permita a todos, como nación y como planeta, desarrollar nuestro
pensamiento más allá de las bombas y de las balas, de la superioridad militar, y
encontrar una fuerza y unidad común entre nosotros.
La alternativa no es agradable, puesto que encontramos -cada uno de
nosotros a medida que avanzamos hacia el futuro- que nuestros mayores activos son
también, en realidad, nuestra mayor vulnerabilidad. El equilibrio ético que elijamos
seguir en las décadas por venir nos definirá como especie.
Tomemos las decisiones correctas.
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