J. Octavio Sánchez-Machuca
Este genérico punto de partida transmite la idea de fondo de la presente comunicación,
idea que amplía hasta el infinito el capítulo de amenazas que acechan al Estado
contemporáneo y resume con bastante exactitud el concepto de guerra total.
La evolución en la expresión de la guerra alcanzada a través de las nuevas
tecnologías, obliga a reestructurar la definición de posibles objetivos de una agresión
armada, considerando que si la propia manifestación del conflicto bélico se ha
modificado debido a los medios , los cambios también alcanzan a los actores.
El modelo de orden mundial creado tras la II Guerra Mundial expiró con la caída de la
Unión Soviética y con ella, la bipolaridad. La desaparición de una de las dos
superpotencias acabó con la situación de equilibrio mundial y provocó un nuevo orden en
el que, al no existir contrapeso específico, quedó anulada la mutua contención de
fuerzas, reproduciéndose una situación histórica de hegemonía política, económica y
militar por parte de una nación mucho más poderosa que las demás. Hasta aquí, nada
novedoso. Cada periodo de la Historia ha contado con la presencia de una potencia
dominante que trata de mantener inalterada su posición el mayor tiempo posible.
La principal aportación que nuestra Era -la llamada Era de la Información- realiza a los
asuntos de Seguridad y Defensa, consiste en el grado de desarrollo tecnológico con el que
la sociedad convive, de proporciones desconocidas si lo comparamos con cualquier periodo
histórico anterior. Y dicho progreso, en un cáustico gesto del destino, ha democratizado
el uso de las nuevas tecnologías dirigiéndolo hacia su aspecto más perverso, esto es,
permitiendo que organizaciones criminales y grupos opositores a la realidad política
nacional o internacional, posean una temible capacidad de ataque sobre el Estado.
El Estado ha perdido el monopolio de la violencia, de la nueva expresión de la violencia.
La habitual visión del uso de la fuerza en su máxima expresión -las Fuerzas Armadas- se
ha bloqueado al alcanzar su techo operativo. Se puede mejorar el armamento y la
instrucción de los ejércitos, pero las posibilidades de que dos naciones desarrolladas
desaten una guerra de corte tradicional en la que se empleen a fondo todos esos recursos,
son escasos por una razón fundamental: Cuanto más avanzada sea una nación, más
pérdidas soporta en un conflicto bélico.
La causa de esta situación parte de que su progreso se apoya en múltiples y complejas
relaciones internas y externas, cuya soporte principal es la existencia de un marco de
estabilidad política, social y económica . En sentido contrario y fundamentando acciones
que las sociedades desarrolladas parecen no entender, expresamos la realidad subyacente:
Quien menos tiene, menos pierde.
Un enfrentamiento militar abierto contra la potencia hegemónica es un imposible tan
evidente que ni se plantea. Podríamos decir que igual sucede en el caso de las naciones
más avanzadas. Esto no impide sin embargo, crear nuevas fórmulas de agresión acordes a
las nuevas posibilidades tecnológicas que produzcan grandes pérdidas al agredido. Los
intereses estratégicos nacionales se han multiplicado y por tanto, los flancos que ofrece
a un posible agresor. Los sectores financiero y de la información han relegado a un
segundo plano objetivos tradicionales como las industrias o zonas de interés
estratégico, derivando esta innovación en la inutilización de las fuerzas armadas y de
los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado como instrumentos para solventar con
eficacia un problema de este tipo.
LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS: CLAVE PARA LA DEFENSA Y EL ATAQUE
Al igual que existe la defensa tradicional en tierra, mar y aire, se hace imprescindible
la materialización de medidas semejantes que protejan el ciberespacio, habida cuenta de
la magnitud estratégica que encierra para nuestras sociedades. La progresiva importancia
del desarrollo informático y su encaje en los cimientos de las naciones más avanzadas,
convierte a éstas en gigantescas organizaciones dependientes del correcto funcionamiento
de sus redes de comunicación, obligándolas a asumir un factor de riesgo estructural
desconocido hasta finales del siglo XX.
Como ejemplo de una disfunción cualquiera que fuese su origen, en la transacción de
información económica se ha calculado que el cierre inesperado de Wall Street -como
ocurrió el 11 de septiembre pasado- o si el movimiento bancario norteamericano se
paralizara, Estados Unidos perdería cientos de billones de dólares, considerando que el
valor del negocio diario en la Bolsa neoyorquina ronda el trillón de dólares [1]. A
estos datos, habría que añadir los sufridos por la economía mundial como consecuencia
del efecto dominó.
Estos nuevos riegos llevan aparejados elementos constitutivos que por su novedad, precisan
de su estudio para ser identificados y neutralizados. En el campo que nos ocupa, el
concepto que considero de mayor relevancia es el que los investigadores norteamericanos
bautizaron como INFOWAR, acrónimo de Information Warfare - guerra informática o de la
información- cuya definición abreviada correspondería al uso de la tecnología contra
la tecnología, a evitar que el enemigo utilice su capacidad tecnológica y la
información que recibe de ella [2]. De aquí se infiere la ineludible necesidad de que
gobiernos y organizaciones supranacionales promuevan la constante vigilancia de su
ciberespacio, potenciando los medios humanos y materiales existentes y creando otros ex
profeso [3].
Nunca hasta nuestros días el Estado-Nación se ha visto amenazado por un enemigo cuya
naturaleza fuese distinta a la suya. Durante siglos, la guerra se ha definido como el
enfrentamiento entre dos o más fuerzas armadas, regulares o irregulares, de distinto o
igual país de origen. Al adversario, al enemigo, se le ha distinguido con claridad porque
la cultura de la guerra ha estipulado que los representantes de cada bando deben luchar
bajo símbolos, ideas y objetivos que los diferencien, es decir, con un planteamiento
político alternativo . Sólo una pequeña parte de ese enfrentamiento era invisible,
alejado del uso de la armas, reflejado en la actividad secreta de los servicios de
información.
Ante este panorama y a pesar de las modificaciones que la tecnología ha aportado a los
ejércitos, la guerra se ha mantenido sin grandes transformaciones de fondo: La
infantería ocupa el territorio, la aviación lo despeja , la armada controla los mares y
los servicios de espionaje filtran los datos que facilitan la toma de decisiones. La
primacía de un ejército sobre otro aparece como un hecho circunstancial, objetivo y
constatable según sea su potencial operativo, aunque el resultado final dependerá más
de la estrategia que se emplee que de los medios[4].
Sin embargo, el grado de desarrollo tecnológico mundial permite que grupúsculos
violentos impulsados por las más diversas causas, hayan invertido el concepto tradicional
de guerra. Tanto la acción informativa como la operativa se realizan desde la
invisibilidad. Los campos de batalla se transforman en ciudades de batalla o en teatros de
operaciones virtuales y la mimetización del agresor es tan simple como aparentar ser un
ciudadano más. No hay símbolos, ni movimientos de tropas o armamento convencional que
detectar, lo que inutiliza la concepción actual de la inteligencia militar. Las fuerzas
armadas, constitucionalmente señaladas como garantes de la defensa del Estado, no están
preparadas para identificar y combatir al nuevo enemigo, mientras que los cuerpos de
Seguridad son desbordados por la alta cualificación y sofistificación técnica del mismo
y por la infinidad de objetivos que un país desarrollado ofrece. En estas circunstancias,
nuestra sociedad queda a merced de la iniciativa de sus agresores.
Nunca hasta nuestros tiempos el enemigo del Estado podía ser tan pequeño y poderoso. Una
acción bien diseñada y ejecutada le permite infringir un daño semejante al de las
mayores batallas tradicionales y a un coste ínfimo. Ese agresor ya no es una formación
tradicional, un ejército, sino un grupo terrorista o una organización criminal con
capacidad de actuación en cualquier lugar del planeta.
Pero ¿Y cuando nos referimos al riesgo virtual? Ni que decir tiene que si el Estado no
dispone de medidas eficaces para afrontar a los enemigos antes enumerados, peores son las
perspectivas frente a las amenazas en el ciberespacio. Si existe una enorme dificultad
para identificar a un agresor físico que actúe bajo las nuevas expresiones de la guerra,
cabe preguntarse cómo se está articulando el Estado para defenderse de un enemigo
incorpóreo, que puede actuar de forma individual o grupal desde cualquier lugar del
planeta con tecnología avanzada, de bajo coste e imposible detectar con antelación . Un
dato más: Las potenciales víctimas de estos ataques sólo serán países desarrollados,
pues tanto su tecnología militar como civil están indefectiblemente ligadas a la red,
así como sus cimientos económicos y financieros.
Por ello, es necesario que los gobiernos y más aún, los ciudadanos, comprendan la
gravedad de los riesgos que acompañan al desarrollo tecnológico en cualquiera de sus
manifestaciones. La Era de la Información se nos presenta con peligros hasta ahora
inexistentes y por tanto, sin soluciones. Los medios tradicionales de defensa quedan
relegados a la anulación de peligros originados en Eras anteriores, no existiendo en la
actualidad más opción que replantear la concepción global de la defensa, racionalizando
los sistemas de información y análisis y reconsiderando el papel de las fuerzas armadas
y de los cuerpos de seguridad.
En el primer caso, la mera acumulación de información, lejos de facilitar el proceso de
análisis y toma de decisiones, lo traba y ralentiza. Se hace imprescindible mejorar la
cualificación del personal y su ámbito de actuación, al objeto de lograr la mayor
autonomía investigadora e incrementar su eficacia.
Por otro lado, es preciso impulsar la creación de grupos de análisis independientes cuyo
origen debe encontrarse en el mundo universitario y profesional, integrados por
especialistas en diversos campos del conocimiento con el fin de proporcionar una visión
multidisciplinar sobre cualquier situación que conlleve un riesgo para nuestra seguridad.
Debe quedar claro que la importancia de la información y la capacidad de abstracción en
torno a ella, ha de ser la base de la Seguridad y la Defensa del Estado. No se trata sólo
de saber qué pretende ejecutar un potencial agresor , cuándo y cómo, sino por qué.
Respecto al segundo punto señalado, si el Estado posee una institución armada que vela
por su integridad, es necesario que ésta se adapte a los cambios producidos por el
desarrollo político, social, económico y tecnológico. Como inversión, no es
recomendable que las fuerzas armadas sólo actúen cuando se produzca un hecho que cumpla
los requisitos de agresión por parte de una potencia exterior, cuando exista riesgo de
fractura interna o en virtud de una alianza internacional, teniendo en cuenta la
dimensión que puede alcanzar una acción terrorista en el mundo real y virtual.
Considero que el ejército, como fuerza y ante la complejidad y novedad de las fórmulas
de hostilidad hacia los intereses nacionales, debe orientarse hacia la protección global,
aunque ésto suponga redimensionar sus funciones y coordinarse con los cuerpos de
seguridad interna. La complejidad creciente en el mantenimiento del orden público, crea
espacios donde los medios policiales no alcanzan y que se transforman en baluartes para
los agresores. Ante las inevitables dudas, recordemos que con el paso del tiempo las
fuerzas armadas se han visto obligadas a reciclarse para no quedar obsoletas, siendo este
el momento adecuado para que la transformación correspondiente al siglo XXI comience a
ejecutarse.
Como conclusión a estos apuntes, destacaría algunos de los elementos que constituyen el
armazón de la inseguridad que afecta a las naciones más desarrolladas:
El inmenso frente sin protección que ofrecen.
La evolución cuantitativa del agresor y su alta cualificación técnica.
El colapso que sufre el Estado y la sociedad ante las nuevas fórmulas de
agresión.
La facilidad que ofrece el mercado para acceder a las nuevas tecnologías.
La existencia de soportes ideológicos enfrentados durante siglos que resurgen
cíclicamente.
NOTAS
[1]United States General Accounting Office. Information superhighway: An overview of
technology challenges. Informe al Congreso, enero de 1995. Citado en la tesis doctoral de
Matthew G. Devost, National Security in the information age, mayo, 1995.
[2] Winn Schwartau, Information warfare, p.291
[3]En Estados Unidos existe el Defense Information Systems Agency, con la misión de
evitar y contrarrestar agresiones informáticas a los intereses nacionales, civiles o
militares.
[4]Recordemos que la superioridad militar no implica obtener la victoria, como sucedió
con Estados Unidos en Vietnam o con la Unión Soviética en Afganistán.
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